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Y ahora un puente

El templado sol de la mañana contrastaba con la fría piedra. Había amanecido un día claro de esos que engañan. El otoño se hacía largo y duro, muy largo. Justo ahí, con la espalda apoyada en el lado derecho de la inmensa puerta se podía ver el bosque, tonos rojizos y ocres que dejaban al descubierto una vasta pradera desnuda... allí donde antes había catedrales de árboles, ahora quedaba la huella que la catedral de piedra se había cobrado. Nosotros ya habíamos recogido todas nuestras pertenencias: las herramientas y el libro del que aprendí cómo subir hasta el cielo. Ya sólo quedaba una cosa más: entrar y pasear a lo largo de toda la catedral. Despedirse de cada pilar, uno a uno, de cada imagen, de cada haz de luz que pasaba y que iluminaba su creación. En silencio, sólo un momento más y partir para siempre. -Y ahora ¿qué?- le preguntó Aliena con voz esperanzada.-Quizá un puente, un gran puente - le sonreí.Y se miraron como siempre.