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La Reina destronada

La noche se cernía amenazadora sobre la basta planicie que rodeaba Gloucester. Los tardíos rayos de sol barrían el campo de batalla con descaro, apenas deteniéndose con indiferencia sobre los cuerpos sin vida que se amontonaban sobre el pasto. No importaba: morir en combate era un glorioso final para esos hombres. En el castillo, la reina Matilde lloraba en silencio su suerte. Aquella tarde, con el triunfo de Esteban habían desaparecido de un plumazo todas sus esperanzas de recuperar el trono de Inglaterra. Lloraba por la vida que ya no tendría, y lloraba también, por la que nunca tuvo. A sus veinte años no había vivido nada de lo que debía vivir una princesa; desde la muerte de su padre, se había dedicado únicamente a enfrentarse a su primo. Lejanos eran los días de su niñez, cuando se divertía jugando a los pies de su padre. ¿Que pensaría él si la viera ahora, ataviada con su fría cota de malla? Sonrió para si y pensó: hoy he sido derrotada Padre. Pero el alba traerá un nuevo día.