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Frank Cuesta teme por su vida al destapar el negocio que se oculta tras algunas tribus

El equipo de ‘Frank de la jungla’ vive una tensa y peligrosa situación con sus supuestos guías visitando el pueblo Sakai

El dinero acaba con todo, hasta con lo más bonito”. Esta frase de Frank Cuesta resume bien la filosofía que encuadra el reportaje que cierra esta temporada de ‘Frank de la jungla’. Tratando de mostrar algunas de las tribus más ancestrales de Asia,  los Sakai, nos encontramos con una montaña de mentiras para estafar a los turistas.
Tras cerrar el precio con unos presuntos guías del pueblo más cercano, llegamos a un cercado que delimita el territorio de los Sakai. Una cárcel en medio de la selva que, al parecer, evita que los supuestos salvajes propaguen infecciones. El propio termino “sakai” ya es despectivo y significa “asqueroso”.
Esta estirpe del sur de Tailandia ha quedado reducida a un pequeño grupo de personas atemorizadas que nos reciben con miradas hostiles.  También allí ha llegado la globalización. Lejos de lucir taparrabos, los jóvenes visten con imitaciones de primeras firmas de moda internacional.  Además, observamos que se alimentan fundamentalmente de un tubérculo con sabor parecido a la castaña (Frank asegura que "sabe a mierda") y que casi todos padecen una especie de infección que les produce marcas blanquecinas en la piel.
Frank, Santi y Nacho intentan pasar el día con los Sakai, pero los ‘guías’ les piden unos 400 euros al cambio por disfrutar de ese privilegio,  incumpliendo lo que se había pactado al inicio del viaje. De ese dinero, explica nuestro presentador, la supuesta tribu no recibe ni un céntimo.
“Estoy pensando que nos van a pegar un tiro”
Indignados por el chantaje, los tres exploradores deciden pagar la cantidad equivalente a 60 euros y salir de la reserva por sus propios medios.  Sin embargo, a la salida de la aldea somos interceptados por un hombre con cara de pocos amigos vestido con indumentaria paramilitar y una camiseta de la banda ‘Guns & Roses’ que sus compañeros nos presentan como el jefe de varia tribus del lugar. Uno de los integrantes del séquito esgrime un pollo, pero decidimos no quedarnos a cenar.
En la huída, Santi se da cuenta de que por la parte de atrás del pueblo no hay ninguna valla: “era para vendernos las moto de que los tienen aislados, se les ha visto el plumero”, comenta el cámara.
 El grupo está alerta.  Algo no va bien. Tras andar unos cuantos metros somos descubiertos y Frank se pone muy nervioso. Ordena a sus compañeros que se sitúen a 50 metros de él y echen a correr al menor problema.  Cuando Nacho quiere saber qué esta pasando, el herpetólogo confiesa sus temores “¡Estoy pensando que nos van a pegar un tiro y tú me haces pregustas!”.
No llega la sangre al río. Uno de los ‘guías’ obliga a nuestros héroes a acompañarle hasta la civilización, entendemos, para abonar el resto de la ruta. 
Constatamos, de forma amarga, que las tribus de esta zona de Tailandia hoy en día son poco más que un mero reclamo turístico: herederos de culturas milenarias ahora convertidos en auténticas atracciones de feria a las que sólo se puede acceder mediante visitas guiadas y un grave peligro para el turista ‘listillo’ que intenta escapar de estos circuitos.