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El triste destino del 'oso de la luna' en la nueva entrega de 'Frank de la jungla'

Frank Cuesta y su equipo filman y denuncian el maltrato de Vietnam para conseguir su bilis, un remedio de falsas cualidades curativas.

Tailandia es uno de los pocos lugares del mundo donde vive dos curiosos tipos de oso: el oso del Sol, uno de los más pequeños del mundo;  y su pariente de mayor tamaño el oso de la Luna que se caracteriza por tener una marca en el pecho y una lengua extremadamente larga que utiliza para coger la miel de los panales. En esta nueva entrega del programa, Frank Cuesta y su equipo pasan varios días buscando a estos mamíferos que suelen pasar parte de su vida en las copas de los árboles haciendo nidos. El herpetólogo también entrará en una granja ilegal donde los animales pasan la vida encerrados en jaulas diminutas y donde son utilizados para venderlos por piezas -como trofeos- o para extraer la bilis que genera su cuerpo y que es considerada como un remedio natural milagroso, vendido en el mercado negro a precios muy elevados.
Son sólo unos pocos centenares los osos de la luna que quedan en las selvas de Asia. Los cazadores furtivos los capturan y encierran. La razón principal es que son portadores de un tesoro,  la bilis de su vesícula.  Este líquido que ayuda a hacer la digestión de los alimentos a los humanos y animales, es considerado como milagroso en la tradición oriental. Muchos asiáticos lo compran para curar enfermedades o aumentar su vigor sexual.
Viajamos hasta Vietnam. En el distrito de Phuc tó,  decenas de casas tienen a los osos encerrados en jaulas. El gobierno vietnamita permite tenerlos en casa como “animal de compañía” y controlado por un chip. Pero la habilidad de los explotadores no tiene límites. Le hacen al oso una mínima incisión en la barriga, apenas perceptible para la vista, y varias veces a la semana le extraen un litro de bilis de su vesícula, algo prohibido y perseguido, pero siempre oculto a los ojos de una posible inspección.
Frank Cuesta, Nacho Medina y Santiago Trancho, se hacen pasar por turistas en busca de una dosis milagrosa que les permita pasar una noche de pasión y desenfreno. Con esa excusa y poco a poco, se van introduciendo en las granjas de los explotadores.
Las escenas son dantescas. Cajas con barrotes de acero de dos metros de alto, por uno de ancho, albergan a osos desorientados, atrofiados, y rodeados de vómitos y excrementos propios.  Quizás nunca hayan salido de esa denigrante cárcel marrón. De fondo, el ruido de un perro agresivo, que en otra jaula, ladra para alentar a los dueños de que alguien ha entrado en la zona reservada.
Después de dar varias vueltas por el pueblo, Frank Cuesta y su equipo consiguen entrar en un garaje clandestino que cierra sus puertas al mundo para descubrirles su horror. Una mujer madura abre un maletín y saca una aguja de cuarenta centímetros. Mientras un hombre corpulento se remanga su camisa para pinchar al oso, ella enciende un ecógrafo, capaz de localizar la vesícula del oso lo más rápido posible. En unos segundos, el hombre y la mujer vietnamita cogen la pata del oso con un lazo de hilos de acero y aprietan las garras al máximo tensando el acero. El objetivo es reducir al dolorido animal.
Tras una primera intentona fallida en la que se rompe la aguja,  en apenas dos minutos, el oso está dormido con una potente dosis de somnífero. Antes de caer redondo, vomita por el fuerte efecto que le ha producido la anestesia en su organismo. Bastan cinco minutos para comprobar y así poder denunciar lo que casi nadie ha conseguido hasta ahora: ver como gotea a través de un tubo conectado a la vesícula del oso, un líquido marrón que luego será vendido por un puñado de dólares a cualquier turista en las tiendas de Hanoi o del resto del territorio vietnamita. Objetivo cumplido. Para no despertar sospechas, Frank remata la escena y brinda con los explotadores con un chupito de bilis de oso mezclada con whisky. ”Estos hijos de puta en pocos días estarán en la cárcel”,  confiesa el leonés, mientras trata de digerir el agrio sabor de la bilis.