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Los que nunca hacen nada, dejan al Real Madrid a 4 puntos

Cuando todo indicaba que el partido finalizaría con un lúgubre empate a cero, Guti marcó un gran gol por la escuadra. Lo consiguió al lanzar una falta que él mismo había sufrido en la frontal del área, un derribo innecesario, por otro lado, que emparentó el ímpetu de Román, el infractor, con el habitual ardor de su compatriota Heinze. Guti llevaba en el campo ocho minutos y ya acumulaba un buen número de razones para pelearse con el mundo.
La primera, no ser titular. Después, sobre el césped, había fallado un par de pases de los que escuecen y sus errores se conectaban, irremediablemente, con su mal partido contra el Liverpool y con tantas distracciones que le salpican la biografía.
Si a lo dicho sumamos que el Madrid había sumado ocho triunfos seguidos en Liga sin su presencia, se puede comprender que Guti tuviera que explotar por algún sitio. Hasta los genios insondables acaban siendo previsibles. Basta con entrar en su mundo y razonar al revés. Cuanto peor, mejor.
Guti es así y deberíamos saberlo; no en vano le hemos visto crecer, tatuarse y dejarse el bigote que ayer se afeitó. Guti necesita venganza. Precisa contestar a los que dudan, gritarles el gol a la cara, rayarles el coche con una asistencia o con diez. Le eleva todo lo que le consume y esa tortura permanente, propia de los superhéroes, le hace sencillamente imprescindible. Porque siempre hay un momento en que resulta fundamental contar con un Guti enfadado. Sale, repasa las insidias y responde. La esencia de su discurso se repite y se puede traducir: habláis mucho y no entendéis nada. Y es la pura verdad.