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La ansiedad de Cristiano busca cura en el Bernabéu

El Espanyol de los Garcías (David, Luis, Sergio), contra los elementos.
Cristiano Ronaldo no consigue un gol desde hace 48 días, cuando marcó un libre directo contra el América de México (entonces la pelota voló por encima de Pepe). Si el tiempo transcurrido nos parece alarmante es porque Cristiano actúa en cada partido como si lo fuera. Su empeño por marcar ha dejado de ser un loable intento para convertirse en una obsesión inquietante, avivada por el árbitro de Anoeta al anotar el segundo gol del Madrid al compañero que huía.
Hoy el Bernabéu examina la obcecación de Cristiano, con la esperanza de que tanto deseo rompa la piñata y la noche acabe en explosión de goles y chocolatinas. Parece una simple cuestión de estadística y talento. Cuesta creer que un futbolista tan poderoso no haga valer su calidad y su insistencia, especialmente cuando la cuestión se traslada a campo propio.
Otra cosa será que el Espanyol lo permita. En principio, y para ser sinceros, los hados no le son favorables. El equipo se presenta con las bajas de Osvaldo, Iván Alonso, De la Peña, Dátolo y Javi Márquez. Y el pronóstico no mejora si advertimos que en su única salida perdió 4-0 con el Villarreal.
Sin embargo, cada cordero esconde un par de garras. Quién sabe si este Espanyol de los Garcías (David, Luis, Sergio) no habrá encontrado por accidente la mezcla precisa de veteranía y juventud.
De vuelta al Madrid, la reacción del madridismo se aguarda con tanto interés como la actuación de Cristiano. Suceden tantas cosas alrededor del crack y de Mourinho (la última, su flirteo con Portugal), que en cada aparición del equipo se plantea la posibilidad de que el estadio opine. En el fondo, existe la sensación de que tanto entrenador como delantero no han terminado de entender al Bernabéu, lo que promete conflicto el día que no haya victoria.
Mientras Pochettino jugará con lo puesto, Mourinho apostará por el equipo que venció en Anoeta. La única novedad podría ser la entrada de Lass por Khedira, y se entiende. Ni el alemán está fino ni el francés parece futbolista que pueda conservarse en el banquillo sin entrar en ignición.
El partido, ya se ve, estará cargado de obsesiones, ansias y, quizá, de goles.