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El Real Madrid se mantiene líder tras el triunfo en Gijón gracias a un gol de Higuaín

Benzema resurgió en el partido ante el SportingCuatro
Los once fantásticos del Madrid están por encima de los once mejores del Sporting, que son los que salieron ayer y se ahorró Preciado ante el Barça, a la sombra o a la temperatura de Mercurio con la que se jugó en El Molinón. Pero el partido fue canalla de vísperas a pitido final y lo ganó el Madrid al sprint, sin soltar de rueda a un adversario crecido y obstinado y a lomos de un gol de Higuaín, una mano milagrosa de Casillas y una irrupción por fin decisiva de Benzema, que ayer sí atendió las órdenes de equipo.
El Sporting importunó al Madrid siempre. Preparó un partido escarpado, legitimado en su aspereza por el ambiente, y fue desconectando a su rival de sus buenas intenciones iniciales hasta desfigurarle. El cuadro de Preciado sólo se vio superado en el primer cuarto de hora y cuando entró Benzema. Todo lo que hizo el francés tuvo buen sentido, desde su actitud hasta el último pase, el que corta las orejas. También ese cabezazo a ocho minutos del final que le abrió las puertas del cielo a Higuaín.
El Sporting lo apostó todo a la bravura, con una presión valiente y solidaria, y fue apretándole las costuras a un adversario superior sin renunciar al jarabe de palo. En seis minutos le habían hecho tres faltas a Cristiano Ronaldo que tuvieron cierto efecto disuasorio. Se iba a jugar en el paralelo 38.
El Madrid se abrió paso, de salida, con el empuje de Marcelo, lateral definitivamente magnífico aunque Brasil no sepa verlo, y los chispazos de Özil, que pronto dio un paso a un lado en este partido para marines. Un pase suyo plantó a Higuaín ante Juan Pablo y su disparo cruzado topó con el palo. No fue la única estocada tendida del argentino. Del alemán, en cambio, no volvió a saberse nada. Pasa frío sin el abrigo del Bernabéu.
Parones.
A partir de ahí, el Sporting le quitó toda la simpatía al duelo. Sus dos gestores, Rivera y Eguren, cogieron el hilo; Lora, lateral con nervio, aplacó a Cristiano; Botía y Gregory cerraron el centro, y hasta Diego Castro, el cascabel de esta tropa, se arrimó dos veces a Casillas. También fomentó apagones continuos en el juego que fueron desanimando al Madrid.
En aquel escenario embarrado, inhóspito, duro y sin belleza, el Madrid, sin aflojarse, lo pasó mal, con Pepe peligrosamente destemplado y sin encontrar nunca a Di María, que empieza a quedarse sin piernas; ni a Cristiano, con el que no hubo clemencia (la patada que le costó la roja a Botía resultó feísima); ni a Higuaín, demasiado tiempo lejos de la zona de operaciones.
Pero los minutos y el esfuerzo invitaron al Sporting a romper filas. Primero se tragó una diagonal de Di María que salvó Juan Pablo. Después, un gol legal de Higuaín, a centro de su compatriota, invalidado por un exceso de vista de un asistente de Turienzo. Otro le costó dos puntos el año pasado. Entonces fue Teixeira quien imaginó una mano de Kaká que nunca existió. El propio Higuaín tampoco resolvió un cara a cara con Juan Pablo y Sangoy cruzó demasiado su remate tras recibir un pase estupendo de Rivera.
Habían comenzado a pasar cosas, casi todas buenas para el Madrid, cuando llegó al partido Benzema. Higuaín se fue a la derecha y Di María a la ducha. Y esa frialdad que tantas veces resulta molesta del francés tuvo un efecto devastador. Entró sin el calentón de los demás, con la claridad que ya no encontraba el resto y buscó por dentro y por fuera. Juan Pablo le sacó de milagro un remate lejano. Marcelo mandó al lateral de la red un servicio profundo suyo. Y a falta de nueve minutos picó un cabezazo (reclamaron falta los gijoneses que no se aprecia) que Juan Pablo adivinó sin evitar dejarlo a pies de Higuaín. Fue el gol. Aún tuvo respuesta el Sporting, con un cabezazo limpio, a quemarropa, de Barral que sacaron Casillas y su ángel de la guarda. Una parada al límite para un partido al límite.