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El Maratón de Getafe

Di María, incansable, encarriló la victoria del Madrid con un penalti y una asistencia. Cristiano, dos goles. Los locales fueron mejores cuando se serenaron.
Di María, como los reyes que se aproximan, goza del don de la ubicuidad. Y sin camello, lo que resulta más relevante. Igual asiste en boca de gol que defiende al extremo contrario. Si corriera menos nos parecería mejor futbolista. Si tomara sales contra los desmayos o si se perdiera, de vez en cuando, en profundas cavilaciones. Así somos. Nos cuesta aceptar al genio esforzado. O una cosa o la otra, pensamos. Pues no, aquí son las dos.
Di María fue víctima del penalti que encarriló el partido para el Madrid, asistió a Özil en el segundo tanto y también, no lo obviaremos, falló un gol cantado por querer regalárselo a Benzema, primero, y después, cuando el francés le devolvió el obsequio, por fallar en el control definitivo. Vaya en su descargo que acaba de completar el Maratón de Nueva York y estaba ligeramente sofocado.
Habrá quien prefiera los dos goles de Cristiano a la sudoración de Di María, muchacho que nunca podrá engordar. Es opinable. Sin embargo, es la presencia del argentino la que convierte el ataque del Madrid en una línea imprevisible, ya que la concentración defensiva que permite controlar a Cristiano no alcanza para maniatar a Di María, dinámico, vertical y pasador. Y si a la fiesta también se suma Özil la rendición es el mejor consejo.
Lo que le ocurrió al Getafe no deja de ser curioso. Cuanto más se apasionó con el partido, peor lo hizo. Fue cuando se sintió perdido y se consoló con la pelota cuando el fútbol le devolvió a la pelea. Hay equipos que nacen para ser agresivos y otros que sólo pueden forzar el gesto unos minutos. El Getafe es de esa pasta, más fina. Y la prueba es que en su empeño por resultar agresivo se enajenó tanto que olvidó que los penaltis existen. El dato es que Cristiano fue derribado a los dos minutos, sin sanción, y Di María agarrado a los nueve, lo que ya no ofreció dudas.
El Getafe protestó airadamente el castigo y contagió al público, muy desairado, pero habrá que achacarlo a la crispación que ataca a los anfitriones cada vez que el Madrid se planta enfrente. Resulta algo desagradable, pero no afecta sus opciones de victoria. Del mismo modo que el Barça provoca un enamoramiento que le pone en franquicia los partidos, el Madrid despierta una inquina que se los deja igual. Tan atontados quedan los amantes como los odiadores.
El gol de Parejo, tan inspirado por su talento como por la amabilidad de sus rivales (Lass tenía amarilla y Arbeloa no tenía la noche), devolvió la vida al partido. Al tiempo, nos hizo ver que la docilidad de Lass, habitualmente piraña, había coincidido con su amonestación, igual que le había ocurrido a Boateng poco antes. Los más briosos del encuentro se manejaban en libertad condicional y amenaza de perpetua. No lo superaron.
El Getafe se atolondró de nuevo al sentirse cerca del empate para crecer luego cuando Cristiano marcó el tercero. La jugada de ese gol alteró los papeles significativamente. Benzema asistió y Cristiano marcó en los terrenos del nueve. El doctor Freud nos diría que el francés quiere ser mediapunta y Cristiano delantero, aunque ellos no lo saben. Todavía.
Ansiedad.
La segunda mitad se convirtió en un carrusel de tarjetas amarillas que terminaron con la roja de Arbeloa, extrañamente ansioso, seguramente por haberse quitado este año el vicio de la Coca-Cola. Que vuelva.
Albín marcó en los minutos finales para honrar el juego de un equipo que si algo hizo bien fue no rendirse. Kaká volvió generando discretas esperanzas y, antes y después, Di María siguió corriendo al estilo de los mozos en los encierros y recortando astifinos que le dejaron la camisa hecha jirones. No engordará nunca. La cuestión es saber si cumplirá los 40.