Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

El Madrid se impone al Marsella en un partido de contacto (1-3)

Cristiano tomó el Vélodrome con un gol de genio y otro de listo. El Olympique se obsesionó con pegar y pegar. Casillas hizo un penalti y Lucho lo falló.
Fue un partido marine, de los que merecen una medalla que se prenderá en el trozo de uniforme que no esconda una fractura. Empezaron ellos, pero acabó Casillas. El yerno ideal liquidó a un maciste en la flor de la vida como quien arroja la bomba atómica, para evitar futuras bajas. Casillas ya no es un capitán, es un estadista. El Olympique, por cierto, falló el penalti que le hubiera consolado mientras el temible Niang se retiraba entre sollozos, la cabeza alicatada y el brazo colgando.
Esa imagen del soldado en retirada sirve para señalar que el Madrid ganó en todo. En la guerra y en el amor. Por tierra, mar y aire. Primero resistió el combate físico y después, cuando vio luz, hizo por jugar al fútbol, por ensayar movimientos, por memorizarlos. Si no fue un partido hermoso es porque resultaba imposible bajo ese fuego de morteros. El objetivo era, más bien, una airosa supervivencia, vencer sin molestar mucho.