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Fidel Castro: el pícher comunista que hizo jugar en La Habana a Jimmy Carter y vio a Cuba ganar tres oros olímpicos de béisbol

Ha muerto Fidel Castro a los 90 años de edad. En su estela, cientos de ángulos y perspectivas desde las que acercarse a su figura. Pero si cogemos el prisma del deporte, una disciplina enfoca su silueta por encima de las demás: el béisbol. El deporte 'yanqui' por excelencia que apasionó desde niño al último dinosaurio anti-imperialista del jurásico siglo XX. El béibsol, que a falta de otras vías usó Fidel como canal de comunicación con Estados Unidos en las últimas décadas de su eterna dictadura sobre la isla de Cuba.

Fidel habría jugado al béisbol con el mismísimo Fulgencio Batista si éste hubiera vuelto a la isla con un guante y un bate. Era su gran pasión deportiva, sólo comparable a la que profesaba por los puros habanos y por plantarse delante de una multitud y hablar (o escucharse a sí mismo), durante horas. Impulsó ese deporte en la isla y vio convertirse a Cuba en una de las pocas potencias mundiales capaces de batirse de tú a tú con Estados Unidos. Tanto que, desde Barcelona 92 (primera edición del béisbol en unos Juegos) ha estado presente todas las finales olímpicas, alcanzando el oro en tres ocasiones.
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Sin analizar vaivenes de la geopolítica mundial de los últimos treinta años, en especial desde la caída de la Unión Soviética, es innegable que el béisbol ha sido uno de los pocos canales de comunicación entre la isla del Caribe y el imperio norteamericano, separados geográficamente por sólo unos cientos de kilómetros pero alejados en lo político por un bloqueo salvaje que ha tenido aislados a los cubanos durante más de medio siglo.
En 1999, el dictador recibió en La Habana a los Orioles de Baltimore, tres veces campeones de las ligas mundiales. Supuso la primera visita a Cuba de un equipo de la MLB desde que en 1959 Castro ganara la Revolución y tomara el poder de la isla. Tres años después, en el 2002, llegaría a lograr que todo un ex presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, se atreviera a jugar en La Habana. Un encuentro histórico, en plena presidencia de Bush hijo, que supondría otro pequeño paso en el lento acercamiento de los dos países durante las últimas décadas.
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No es de extrañar que en el último gran impulso para normalizar las relaciones tomado por Barack Obama, uno de los eventos con más carga simbólica fuera el partido disputado en marzo de este año entre la selección cubana y los Tampa Bay Rays y que tuvo como testigos a Raúl, hermano de Fidel, y al propio Obama. Un puente deportivo que ponía fin a décadas de incomunicación entre los dirigentes de EEUU y Cuba. Esperemos que el pasado de Trump en el deporte rey de los EEUU, en el que el electo presidente también brilló en su juventud, permita seguir avanzando en esa línea y no romper los puentes que se han levantado.
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