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Cristiano nos tiene ganas

Esperamos que un Mundial (el que ganamos en Sudáfrica) llame a otro (el que pretendemos organizar en 2018). Y para eso jugamos hoy en Portugal un partido multiusos: servirá para promocionar la Candidatura Ibérica y ver si hacemos buena pareja a ojos de la FIFA, para sacar brillo al Centenario de la República Portuguesa, para estrenar escarapela y camiseta y también para comprobar si nuestro músculo de campeón sigue firme ante un adversario de gran tamaño y con ganas de pelea. Es lo que tienen los títulos: aparecen más enemigos que alérgicos al polen.
Al menos nos pilla avisados. "No podemos recrearnos en el pasado ni dejar que nos confunda", advierte Del Bosque, en un mensaje de consumo interno. Y lo aplica, porque pinta que sacará un once muy parecido al que jugó la final del Mundial, con el cambio obligado de Pedro, abatido por una gastroenteritis, por Silva, Cazorla o Llorente. Así empezaremos, aunque después el técnico refrescará mucho el equipo. Seguro que Xavi no juega todo el partido, seguro que Cesc tiene minutos, seguro que Del Bosque es sensible a la cercanía del Clásico.
España, pues, cambia poco, cargada de razón: no se toca lo que funciona. Portugal, en cambio, se ha dado la vuelta a sí misma después de que la Selección la despidiera de Sudáfrica en octavos, depresión que se alargó peligrosamente. Sumó un punto en los dos primeros partidos de clasificación para la próxima Eurocopa ante Chipre y Noruega y destituyeron a Carlos Queiroz, al que la Federación había puesto previamente a la sombra por impedir un control antidopaje antes de viajar a Sudáfrica.
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