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La emoción al escuchar el corazón de un ser querido en el cuerpo del receptor de la donación

La historia de Bill Conner empieza con una bicicleta y una misión muy concreta: recorrer Estados Unidos de Norte a Sur en memoria de su hija Abby, que hace unos meses perdía la vida en un accidente.

Bill pedalea sin parar durante 1600 kilómetros hasta llegar al estado de Lousiana. Allí conoce a Jack,  vivo gracias al corazón de Abby. Un padre que vuelve a sentir a su hija y un joven agradecido por haber recibido el órgano que tanto necesitaba.

Y para celebrar que es el día del padre, le hace un regalo que no olvidará jamás: un fonendoscopio para escuchar el corazón de su hija.

En Estados Unidos estos emotivos encuentros son frecuentes. Como el de Anne y Greg, vivo gracias al corazón de su hijo, que también se llamaba Greg. O el de Heather y Esther, que pasaron de ser dos desconocidas a mejores amigas. Lucas falleció a los 7 mesesy su pequeño corazón salvó la vida de Jordan.

Sin embargo, en España la ley impide que receptor y donante conozcan sus identidades. “Se trata de una cuestión que podríamos llamar higiene mental. Inicialmente puede resultar conmovedor querer saber dónde ha ido a parar el órgano de tu ser querido. Pero posteriormente se presta a situaciones que pueden rozar lo patológico”, esgrimen.

Y aunque por lo general los receptores sí sienten la necesidad de dar las gracias a las familias, “las personas donan sin tener la necesidad de saber quién es el receptor”.

Y vaya si donan, porque desde hace 25 años somos el país líder en donación de órganos.