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Alberto Lázaro: “Yo no me veo como me dicen que me tengo que ver”

¿Qué hay detrás delos trastornos alimentarios masculinos? ¿Son iguales que los femeninos? Muchos de los afectados no son conscientes de sufrir una enfermedad, y normalmente los familiares a menudo ni siquiera saben que los trastornos afectan también a los hombres. Conexión Samanta nos muestra lo que nunca podemos ver alrededor de la población masculina que sufre anorexia, bulimia o el trastorno por atracón. Porque ‘Los trastornos alimentarios son cosa de hombres’

Los chicos con anorexia tienen una percepción distorsionada de su cuerpo. Las personas con anorexia se sienten orgullosas de sí mismas por su fuerza de voluntad para no comer. El 10 % de los afectados por anorexia, es varón, pero la universidad de Oxford alerta que la anorexia masculina está infradiagnosticada, y tanto los padres como los médicos tardan más tiempo en identificarla cuando se trata de chicos. Un tercio de los pacientes mantiene síntomas de por vida y un 5% no se recupera jamás.
Contar calorías de forma obsesiva es el primer síntoma de trastorno alimentario, de ahí que se estime que en un 80% de los casos, la anorexia comienza con una dieta para perder peso. En el caso de los hombres esas dietas van unidas a una obsesión por hacer deporte. El 70% de los casos logra recuperarse, pero también es mortal en otro 20%. Algunas de las consecuencias de la anorexia son la alopecia, la osteoporosis o diferentes alteraciones hormonales y puede conllevar aislamiento social, irritabilidad, fracaso escolar o absentismo laboral
Alberto, un joven de Miguelturra con anorexia,  lleva mallas debajo de los pantalones porque se muere de frío: “Mi temperatura corporal normal no llega a los 36º”, aseguraba a Samanta mientras se vestía en su habitación. Ya no quiere adelgazar más, sólo mantenerse en los 48 kilos que pesa ahora. Los terapeutas le aconsejan que llegue a los 67 kilos, teniendo en cuenta su estatura, pero a él eso le parece una locura teniendo en cuestan lo que le ha costado adelgazar.
La familia de Alberto lleva luchando con su problema desde hace 3 años. Su madre lo notó porque “no dormía suficiente y se levantaba mucho por la noche” y, tras hacerle una analítica, “el médico me dijo que estaba en reserva, como los coches sin gasolina”. Ha sufrido varias hipoglucemias por la falta de alimentos, y aunque su madre sufriría con un ingreso, por otro lado, “lo pide a gritos para que se dé cuenta”. Prefiere comer sólo, en tranquilidad, a comer con gente, porque así hace mejor el esfuerzo de no comer. Se prepara la comida él (habitualmente es pasta y “sólo un puñado de macarrones”)

Alberto adora a su abuela, incluso se ha tatuado su nombre en la espalda, y sufre al pensar el daño que le hace con su enfermedad, “pero cuando estás mal no piensas en los demás, sólo en ti” le confesaba llorando a Samanta. Para dormir, se pone varias capas de ropa y activa el aire caliente para no pasar frío y toma antidepresivos  para conciliar el sueño. Cada 10 días, Alberto tiene visita con el psiquiatra, el psicólogo  y con un nutricionista, pero no le dicen cuánto pesa para que no reaccione mal a su tratamiento. Después de tres años de terapia, se niega a engordar pese a estar 20 kilos por debajo de su peso ideal. Su sueño es llegar a no preocuparse algún día por la comida.
Luis es un menor que con 14 años y 1,74 de estatura, pesa 45 Kg. Su madre asegura que donde ella ve jamón de york, su hijo ve, grasas hidratos de carbono y cosas que engordan. “Lo único sano para él era la lechuga”, le cuesta asimilar. Cuando le regaló un jersey descubrió que sólo tenía piel y huesos: “Se le notaba toda la columna”. Hoy, toda la familia de Luis tiene que comer lo que él dice y tienen prohibido hablar de comida ni de los cuerpos y el aspecto de las personas.
Luis está ingresado durante el día en un centro especializado desde hace ocho meses. Los pacientes del centro deben seguir normas muy estrictas para su tratamiento. No hay espejos en todo el centro, y un responsable se encarga de tirar de la cadena para comprobar que no vomiten la comida.
En su última etapa, antes de recibir tratamiento, Luis perdía una media de 5 kilos por semana. Sufrió sobrepeso cuando era niño y sus compañeros se burlaban de él, y su psicóloga apunta que eso pudo originar su anorexia. Su madre no puede evitar emocionarse al revisar fotos con Samanta de cuando su hijo tenía 13 años: “Las tengo guardadas para que no se nos olvide, porque no quiero que vuelva esto”, comentaba sollozando.
‘El trastorno por atracón’ consiste en comer alimentos hipercalóricos en muy poco tiempo. La ansiedad, la baja autoestima y la falta de apoyo familiar pueden provocar este problema alimentario y las consecuencias pueden ser: hipertensión, sobrepeso o riesgo de infarto. Deben darse dos atracones a la semana durante 6 meses para considerarse patológicos. Suponen un 50% de los casos de trastorno de la conducta alimentaria. El tratamiento de este trastorno cubre tres campos: farmacológico, nutricional y psicoterapeuta.
Para José Luis Jiménez, “la única manera de clamar mi ansiedad es metiéndome atracones de comida” En un atracón puede llegar a ingerir hasta 10.000 calorías entre grasas, dulces e hidratos de carbono. Le pasa en momentos de bajón.

En el patio de su casa “son todo tentaciones” para él cuando huele las comidas que preparan sus vecinos y la cocina “es el habitáculo de mal” como José Luis reconoce. Actualmente pesa 131 kilos, mide 1,83 cm y tiene que tomar pastillas porque entre otras cosas tiene los triglicéridos en 300 cuando lo normal son 180.
Desde hace dos meses, acude dos días a la semana a una clínica de adelgazamiento para controlar su peso y someterse a sesiones de crioterapia, que enfrían su cuerpo, queman calorías y evitan la flacidez de la piel cuando pierda kilos.

Pero para todos ellos existe esperanza. La recuperación es posible y el mejor ejemplo es José Antonio Vega, un joven bailarín que cumplió de la mano de Samanta Villar su primer año de superación de su trastorno alimentario: “La anorexia se acaba curando”. 
Empezó a restringir la comida porque quería estar más en forma para el baile, pero llegó un momento en el que prácticamente dejó de comer. “Me ayudaron a superarlo la familia y los amigos, pero hoy acepto que ha formado parte de mí. Ha supuesto un viaje muy largo superarlo”, asegura.

Su madre, Matilde, le adoptó en Argentina cuando sólo tenía un año y reconoce que no se sintió atendida en todo momento por las autoridades sanitarias cuando apareció el problema, como así hubiera deseado: “Es un alien que te roba la voluntad y trata de quitársela a toda la gente que está alrededor del que la padece” comentaba a Samanta.
El programa acompañó a José Antonio y su madre de compras, y el joven se emocionó al recordar cuando, con 18 años, tenía que adquirir ropa en la sección de niños de 8 años…  “y todavía le quedaba grande”, reconocía.

Para celebrar su primer aniversario atajando la anorexia, José Antonio quiso dedicar un baile con una canción muy especial para él a sus amigos, familiares y para Conexión Samanta. ¡Enhorabuena, José!