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Samanta Villar nos acerca a la vida de varias personas 'enganchadas' al sexo

El programa muestra a cinco personas para los que el sexo es clave en sus vidas, bien porque tienen una conducta sexual muy activa o un verdadero problema clínico: consumidores de pornografía, de prostitución, personas que necesitan practicarlo de forma compulsiva y buscar alicientes fuera de la pareja ya sea cambiando asiduamente de compañero sexual o realizando cada vez prácticas más extremas.

¿Dónde está el límite entre afición y adicción? 
Muchas personas admiten su gusto por el sexo pero pocas reconocen que el sexo les ha supuesto un problema y son menos aún las que deciden internarse para recibir terapia. A pesar de que el 95% de los casos acaban con éxito una adicción siempre implica una mentira porque es difícil de reconocer. 
Acompañaremos a Samanta a la clínica “Capistrano” de Palma de Mallorca para conocer los casos de Javier y Cati. Ella tiene 33 años y lleva más de uno en tratamiento. Su adicción por el sexo es tan grande que siempre conlleva un enorme sentimiento de culpabilidad: “El sexo se convierte en el centro de tu vida completamente. Cuantos más atraes, más poderosa te sientes” le confiesa a la periodista. Esto y cuando empezó a coquetear con las drogas hicieron que decidiera ponerse en tratamiento.
Samanta también vive de cerca el caso de Javier, un chico de 33 años que representa la cara más oscura de esta adicción. Poco a poco Javier trata de mejorar su autoestima, pero se da asco a si mismo. “El sexo ha destrozado mi vida” le reconoce a Samanta: “Una vez empiezo no puedo parar, mantener relaciones sexuales con desconocidos, sexo sin protección, exhibicionismo. Perdí trabajo, familia, amigos…”.
El periodo medio de ingreso por adicción al sexo son 28 días pero no es sólo un problema físico, sino que enmascara un problema de autoestima o rechazo social en muchos de los casos. Hay pacientes que acaban teniendo sexo compulsivamente para escapar de fantasmas de su adolescencia o juventud. Todo se enfatiza además si se mezcla con el abuso de drogas. Así se lo explica a Samanta Cipri, un adicto al sexo de 48 años ingresado por tercera vez en la clínica Cazorla de Alicante: “las drogas me llevaban al porno y el porno a la prostitución”.
Cipri quiere dar la cara a la periodista y reconocer en lo que ha fallado para que sus hijos estén orgullosos de él “le he quitado dinero de sus huchas para ir a los clubs y me he tirado 7 y 8 horas viendo porno en mi casa”.
Me encanta el sexo pero no soy adicto
Por otro lado, Samanta conoce de cerca los casos de Aday e Yvette, dos personas muy fogosas y activas sexualmente que disfrutan de tener encuentros sexuales con cuantas más personas posibles pero no ven en su conducta una adicción a tratar.
Yvette practica sexo en grupo y comparte sus vivencias con sus tres hijos adolescentes sin ningún tipo de tapujos. La acompañamos a un bar liberal donde disfruta en un jacuzzi con otros tres hombres, pero le confiesa a Samanta: “mi record, de momento, son 15 hombres ¡pero porque no había más!”.
Aday tiene 22 años y es una máquina sexual. Vive sin tapujos su sexualidad y no duda en reconocerle a Samanta que “me he acostado con 2.500 o 3.000 personas”.  Aday tiene una sesión de fotos eróticas y Samanta le acompaña a una tienda para comprar complementos 'leather'. Aunque la adicción al sexo y el fetichismo no son cosas que vayan necesariamente unidas, esta tienda especializada dispone de gadgets orientados a impedir el coito, como 'bozales de pene' y cinturones de castidad. El deseo irrefrenable a veces lleva a prácticas más extremas: "Hay gente que se ha intentado cortar el pene", nos cuenta el dueño del establecimiento.
 El reportaje de Aday tiene lugar en la Casa de campo, de Madrid, enclave predilecto de muchos gays para practicar cruising, (encuentros sexuales entre desconocidos gays en lugares públicos). “En verano siempre está esto llenito”, nos confirma el director.