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Especial Callejeros: Palma Palmilla

El primer especial de la nueva temporada de Callejeros
"A la entrada a la Palmilla...
lo primero que se ve....
el 091 y los ladrones a correr..."
Así comienza la letra de una rumba popular que se escucha por las calles del distrito malagueño de Palma-Palmilla. A cinco minutos del centro de la capital de la Costa del Sol, se levantan cientos de bloques de pisos agrupados en barriadas. Payos, gitanos, rumanos y africanos conviven en uno de los últimos guetos que quedan en nuestro país. Castigado por el tráfico de drogas,- "¿que si aquí se vende eso?... mira cómo se me ponen los pelos del brazo", cuenta una vecina al reportero-. A lo largo de 50 minutos, los reporteros Jalis de la Serna y Quique Rodríguez recorren una zona que es el vivo reflejo de la marginalidad. Bloques en ruinas apuntalados por los bomberos hace años, que nada tienen que envidiar a las postales del horror de Sarajevo; niños de 11 años echando carreras de motos... "El carné no vale para nada. ¿La policía?, aquí no viene porque se cagan", espeta un niño que apenas hace pie en el suelo desde su moto.
La historia de Palma-Palmilla está escrita por perdedores. Perdedores que apostaron todo por la droga y salieron esquilmados. "Llevo durmiendo aquí desde hace seis años", cuenta Juan, un toxicómano de apenas 40 años, con cinco hijos y varios nietos, que tiene el aspecto de un náufrago de 70. Su "suite" es una camilla repleta de sábanas raídas bajo el soportal de un bloque en ruinas. Todo lo tiene protegido y tapado para que no se lo coman las ratas.
"Vivo de lo que cojo de la basura y de la caridad de los vecinos que a veces se bajan un bocadillo", cuenta Juan. Ha pasado los últimos quince años de su vida fumando "revuelto" de caballo, cocaína y heroína. "Si me dan un plato con un kilo de cocaína y otro con una fabada y un filetito, me tiro de cabeza a por el de la droga", comenta con sinceridad.
Las calles de la Palmilla son un vertedero. Nadie tira la basura donde debe. "El otro día bajé al contenedor a las cuatro de la tarde y tuve que esperar a que meara uno para poder tirarla", espeta una vecina harta de este gueto.
Esta barriada es una paleta de colores. Mientras a un lado, un ambulante vende siete higos chumbos a un euro. -"Ya me he comido ocho seguidos- dice un cliente- porque son fantásticos para ir de vientre"-; en el otro, una mujer vende papeletas ilegales a la puerta del mercado municipal "para una rifa". Enfrente, parapetada tras un tablón y ante la mirada de la vecina del primero, una mujer se pincha la vena. "Como me grabes te voy a pegar una pedrada que te vas a enterar mamón", amenaza al reportero.
Mientras, una pareja busca un taxi para ir "a pillar". Llevan ocho días sin consumir y andan inquietos.Él no puede andar. Está cojo y tiene toda la cara reconstruida con una placa de titanio, incluido el tabique nasal. Se estrelló con su coche cuando iba a comprar droga. Le indemnizaron.
"Me compré otro coche, me fui a Madrid y me gasté 22 millones de pesetas en droga", cuenta. Tiene cuarenta y dos años y un hijo de seis. Su pareja, de mejor aspecto, tiene veintiocho. En su familia eran siete hermanos. Dos murieron por la droga. Otra, "se tiró de un quinto". Los que quedan, están enganchados. Pleno a la muerte.
Son algunas de las historias que la cercana cámara de Callejeros muestra en este reportaje.
La "Titi" es la panadera del barrio. "Tienen que poner más vigilancia porque solo vienen las autoridades cuando hay un muerto frío en el suelo", se queja. Mientras cuenta esto, en la acera de enfrente empieza el espectáculo. "Aquí hay Belén todos los días", cuenta un espectador. Tres africanos se pegan puñetazos en la calle, ante la impasible mirada de ancianos, mujeres y niños, sentados en sillas de plástico.
En muchos de los bloques de la Palmilla no hay buzones. Las cartas hacen equilibrio entre una tubería a la vista y un cable de electricidad pelado. "Mira, mira, tiene hasta radio". Juan Miguel es peón de albañil, y uno de los privilegiados del barrio. Compró su casa, de ochenta y seis
metros cuadrados, por cuatro millones de pesetas. Y le ha puesto una bañera de hidromasaje para escuchar flamenco mientras se relaja, si es que puede o le dejan sus vecinos. Porque hablar de silencio es hacerlo de una utopía. En un bloque, una mujer esquizofrénica monta en cólera cuando las vecinas gitanas le hacen rabiar. Sus gritos rompen la barrera del sonido.
Peor suerte que Juan Miguel, tiene el chatarrero de la
zona, que cada día saca los kilos de hierro de su coche
para dormir sobre los asientos tumbados. "No, mi mujer no duerme aquí", ella tiene el privilegio de dormir con sus dos hijos pequeños en casa de la madre. Los 100 euros que ganan de vez en cuando vendiendo desechos no le dan para más. En cualquier esquina se puede vivir. Una familia rumana con cinco miembros paga 240 euros "a un patrón" por un tugurio formado por cuatro puertas y unos cuantos materiales de deshecho.
En Palma-Palmilla hay muchos bloques quemados. Sólo queda el rastro de lo que fue una casa. ¿Ajustes de cuentas, ¿borrar rastros de drogas? Quién sabe. "Yo ahora vivo ahí, en lo alto del monte", señala un toxicómano. "Mira, esta es una puñalada por 60 euros", cuenta mientras enseña la pierna. "A mi me dieron cuatro puntos por un botellazo aquí, en la cabeza", replica su mujer. Ambos viven al raso, entre las ropas que recogen de la basura y venden por cuatro euros en los mercadillos de la zona. Entre tanto cambalache, fotos de su hija, muerta tras una leucemia a los doce años. "Hicimos por ella todo lo que pudimos", comentan con una mueca de tristeza en su cara, mientras enseña el menú del día: un trozo de pizza fría y una paella que saca de una bolsa del supermercado.
Junto a los bloques de posguerra, se ven coches deportivos sin ruedas sujetos por un ladrillo, grupos de música como "La Palmilla", que ensayan en una garaje, locales abandonados de los que sale el reguero de una fosa séptica de un hedor inaguantable.
"Aquí hemos mamado de mafia hasta los párpados... Hemos extorsionado y cobrado, traficado, yo fui sicario..." canta
un vecino de la zona, que bien podría haber puesto letra de rap a su biografía.
Y en este distrito también se juegan muchas partidas de parchís en la calle. Para paliar los lunes al sol, y los martes, y los miércoles.... José Antonio, "el Carpena", apura las horas antes de entrar en la cárcel de Alhaurín de la Torre. Es uno de los cientos de "Farruquitos" anónimos que hay en nuestro país. "Iba sin carnet y sin seguro y atropellé a una niña. Creo que sólo le rompí el brazo. Pero me di a la fuga porque me iban a matar sus familiares". Fue en el 2000. Hace siete años. Hoy está rehabilitado. Pero la justicia solo sabe de leyes. Le espera un año de condena. "No se da cuenta de lo que deja aquí", confiesa entre lágrimas su mujer.
Callejeros está en la hora de la despedida. En una bolsa de deportes, José Antonio mete dos jerseys de manga larga, un chándal -"para estar cómodo", una colcha de corazones y
amapolas para el frío de la celda, "y porque esto queda muy "perita" sobre el catre", dice su cuñado. Y algo que no podía faltar: una tela con el tablero de parchís "tleguero" coronado por un escudo del Barcelona. "No dejes que mi hija pierda el curso del colegio por favor, que luego se descabalga", le dice al oído a su cuñado, antes de salir de casa. Si todo va bien,
en unos meses estará en la calle. Y volverá a su barriada, a la Palma-Palmilla. Una cárcel de oro sin rejas. Un vertedero de sueños rotos sin horizonte. Donde cientos de parados se conforman con comerse una y contar veinte.
Como los buenos jugadores de parchís.