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Callejeros: Cartuja y Almanjáyar

Sentado en un lateral de su furgoneta, Ramón golpea viejos electrodomésticos hasta hacerlos pedazos para separar el metal del resto de materiales y llevarlo a la chatarrería. Como tantas otras familias del barrio, la de este gitano de 67 años, vive de lo que él consigue rescatar cada día de la basura.
A pocos metros, unos jóvenes agitan violentamente a dos gallos antes de ponerlos a pelear. Uno de los animales no tiene ojos, los perdió en una disputa anterior. Mientras los gallos empiezan golpearse con el pico y las patas recién afiladas, algunos chavales empiezan a hacer sus apuestas. Varios hombres y mujeres del barrio miran impasibles la escena.
Isabel, una gitana que lleva en la mano un puchero "del que han comido veinte" se acerca a los reporteros y los invita a entrar en su portal. A las puertas del mismo un ratón muerto sobresale de entre la inmensa suciedad de la acera. El interior del portal no está más limpio. El suelo está negro, las paredes pintadas con spray y rotulador y unos metros más adentro hay paja y heces de algún animal: "es que los chiquillos tienen un caballito".
Ante la atónita mirada de los reporteros, un joven del barrio entra con un pony al portal y lo ata en la puerta del cuarto de los contadores. La cuadra en la que guarda el pony es una construcción ilegal que está a menos de un kilómetro, pero el joven se excusa diciendo que hace demasiado calor para llevar el pony hasta allí. Está convencido de que en el portal, el animal "no molesta a nadie".
Así transcurre una tarde cualquiera en Rodrígo de Triana, una de las calles del barrio de la Cartuja. Al igual que Almanjáyar, este es una de las seis barriadas que conforman la Zona Norte de Granada, un área que empezó a construirse hace más de treinta años para reubicar a cientos de familias, en su mayoría de etnia gitana, que fueron desalojadas de las cuevas que habitaban en el Sacromonte.
La mayor parte de las viviendas de la zona de la Cartuja son de propiedad pública. Sus vecinos reconocen sin pudor que no pagan luz ni agua, pero protestan por el mal estado en el que se encuentran algunos edificios. Es el caso de María, una mujer que pide a las autoridades que arreglen su bloque. Un edificio de cuatro plantas que tiene un agujero de dos metros en su base por el que no para de salir un caudal de agua. Junto al barrizal que forma el agua con la tierra y las piedras que algún día formaron una acera, juegan algunos de los muchos niños pequeños que viven en este barrio.
Muchas madres se quejan del peligro que supone para la salud de sus hijos la ingente cantidad de basura que hay por las aceras. "La culpa es de los que rebuscan los contenedores" protesta un basurero que trabaja en el barrio. Eso no es así, dice Juan, un toxicómano de 40 años que muestra orgulloso a la cámara una prenda nueva y con etiqueta que alguien había tirado en un contenedor. Es su forma de ganarse la vida. Vive y duerme en la calle y afirma que vende lo que rescata de la basura por este barrio porque "ahí mismo" es donde compra la droga.