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Callejeros Viajeros: Marrakech

"Cuando uno llega a Marrakech se encuentra en el Belén de la vida", dice David, un español que vive en Marrakech, la ciudad de los colores cálidos y olores desconocidos. "Aquí poco ha cambiado desde la Edad Media".
En la Plaza Djemaa El Fna se reúnen, como en los cuentos infantiles, encantadores de serpientes, médicos sin licencia, amaestradores de monos, feriantes, artistas y buscavidas. Cada uno busca la difícil tarea de sobrevivir. Al lado de la plaza, el espectáculo continúa en los zocos de la ciudad. Son callejuelas serpenteantes y llenas de exóticas tiendas. El viajero queda aturdido por el inmenso laberinto y la vida que hay en su interior. Burros cargados como camiones, motocicletas viejas, bicicletas, puestos de comida, cabezas de cordero, pieles de cocodrilos o camaleones y tortugas vivas.
A tres horas en coche de Marrakech se encuentra Essaouira, pueblo pesquero y la playa más cercana de la ciudad. Las mujeres se bañan vestidas y a su alrededor camellos y caballos pasean a través de un viento fortísimo que ensucia las aguas del océano Atlántico en un tono marrón.
Por los altavoces de las Mezquitas se emiten extractos del Corán cinco veces al día, con motivo de los momentos de rezo musulmán. Además, los herreros trabajan en malas condiciones el hierro para fabricar lámparas para palacios de lujo (Ryads) "Ponemos cintas con extractos del Corán para trabajar", dice uno de los trabajadores con un pañuelo y unas gafas de sol para protegerse de los chispazos del soldador.
Y a las afueras de Marrakech... un espectáculo centenario de los marroquíes. "Esto no se ha grabado nunca, dentro de unos años saldrá en los documentales", dice David rodeado de una feria marroquí en medio del campo. Mientras los jinetes disparan al aire, montan a lomos de sus caballos.