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JON SISTIAGA: Doña Queta en el altar de la Santa Muerte

Después de salir de la Morada de la Santa Muerte, en el conflictivo barrio de Tepito, uno no sabe si su sacerdotisa, Enriqueta Romero, Doña Queta, está loca, es una espabilada que vive de la imaginería, los rosarios y los escapularios que vende de esa calavera vestida de virgen, o se lo cree de verdad... Viéndola como le besa a la Muerte, como la llama mi niña blanca, mi querida, como le arregla las puntillas del vestido de novia que hoy le ha puesto, uno imagina que está delante de una chiflada.
Sin embargo, no pasan cinco minutos sin que una señora que viene de hacer la compra, un joven pandillero con cara de pocos amigos, un camionero que detiene su vehículo en doble fila, o hasta un policía de patrulla, se acerquen a rezarle una pequeña oración a esa calavera que, como diría Carlos Fuentes, mira sin mirar. Algunos le dejan unos pesos, otros, unos pasteles, y otros, los que menos tienen, cigarros encendidos o copitas de tequila. Son las ofrendas de los pobres. Los que más creen en la señora Muerte. Su culto es todo un desafío a las religiones tradicionales, a la moral cristiana o a los poderes establecidos. Es una demostración de rebeldía de aquellos que viven en los márgenes de la sociedad, que se sienten excluidos, y que reaccionan con estos ritos y estas lealtades alternativas. Total, ¿qué tienen que perder?
Queta
Doña Queta y el resto de los fieles consultados niegan que la Santa Muerte sea sólo venerada por delincuentes, narcotraficantes y asesinos. "Viene gente de todo tipo", me responde con una sonrisa mientras me enseña una reproducción de la calavera enviada por unos presos de un penal del norte. Le pregunto a un señor que viene con un ramo de flores para la Reina de las Tinieblas: "Vengo a agradecer a Mi señora que me sacara de la cárcel". Juan lleva un día en libertad. Dice que ha cumplido cuatro meses por robo, y que claro, el no fue. Me confirma que en las cárceles todos los presos la veneran, y que los primeros de mes le cantan en el patio "Las mañanitas". Será por eso que la misa a la Blanca Niña empieza con una oración en la que se la pide que consuele "a los desamparados, a los que viven en guerra, a los que trabajan, a los que roban, a los que delinquen, a los pobres y a los ricos...".
Así de claro. Oraciones de la marginalidad. Será por eso que muchos ladrones vienen por aquí a pedir protección antes de dar un palo. Le digo a Doña Queta, con todo el respeto, que a mí, su santa, me da un poco miedo. "Yo le temo más a los vivos que a los muertos", me contesta.
Jon Sistiaga, desde México D.F

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