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RAPHAEL, DIGAN LO QUE DIGAN

 
He tenido una experiencia mística , he visto  Raphael.  Estoy escribiendo minutos después del concierto en Madrid y he tenido la necesidad de lanzarme y contar mi experiencia, que es nueva. El escenario no podía ser más desolador: se jugaba el clásico y yo tenía ganas de verlo ,pero me había comprometido a llevar a mi familia y no podía defraudarles. A rastras llegué al teatro en la Gran Vía, aunque él me mereciera el mayor de los respetos. La sorpresa fue mayúscula: disfruté, reí, me lo pasé en grande, como todos los que vivieron ese alarde de fuerza, de entrega absoluta, de gratitud a un público incondicional sí, pero no estúpido.
 
Será un cúmulo de circunstancias: un hígado nuevo, haber visto la muerte de cerca, las experiencias vividas, pero hoy Raphael está en su esencia: canta mejor, no está sobreactuado, se entrega a fondo e ironiza sobre sí mismo, pero no es una parodia en ningún momento. Yo me acuso de haber sido de esos periodistas que va a por él con el cachondeo propio de los que no se han parado a sopesar el valor de un verdadero artista. Me recuerdo a mí misma con cuestionarios  hirientes recordando un pasado acomodado a unas circunstancias terribles. El me ganó en elegancia y, desde luego, en inteligencia.
 
Pasado el tiempo he ido conociéndole y reconociéndole al irse despojando de todo artificio y siendo alguien con un coraje inusual. Ahora busca al público, pero busca cariño y complicidad más que el aplauso vanidoso. Ahora quiere dar más que recibir, tiene ironía, guiño y madurez sin perder el brillo de unos ojillos penetrantes y una sonrisa que antes era inocente y ambiciosa y que , por fin, tiene la consistencia y el valor del que se sabe superviviente.