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Con el barro hasta el cuello (2 de 3)

Dios mío que pesadilla caminar por este lodazal, cada paso es un esfuerzo donde hay que emplearse concienzudamente, y así otro paso y otro y uno más, y ahora para dentro del fango, y así pasan las horas, hundidos en este fango con los pies empapados de lodo y aguas heladas. Tenemos los pies congelados y “mierda” hasta la cabeza.

Pero somos conscientes que tenemos que aprovechar esta bonanza climatológica, porque con lluvia esto es imposible, si lo hiciera, todo el agua que escurre de los valles aledaños termina estancada en este pantano, ascendiendo el nivel del agua drásticamente y mezclándose con el lodo, lo que sería una trampa infranqueable.

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Al menos, disfrutamos de un paisaje sacado directamente del Cuaternario, destacando por encima de todo los cenecios y las lobelias. Los cenecios son troncos más delgados en la parte baja que en la alta, donde los líquenes y la acumulación de hojas carnosas le dan un aspecto extraño pero bellísimo, y las lobelias son también muy carnosas y de una verticalidad perfecta, pudiendo alcanzar los cuatro metros. Esta planta tarda muchos años en florecer, sólo lo hace en un corto espacio de tiempo después de muchos años, esparce sus semillas y acto seguido se muere ¡ Os prometo que parece que estamos dentro de la película Parque Jurásico! Si ahora saliese un mogollón de dinosaurios ya no nos sorprendería en absoluto, así debía de ser el escenario de los grandes dinosaurios.

Nunca antes vimos unos bosques tan bellos, diferentes y salvajes como estos. No hay nadie y eso que estamos en la época de menos lluvia, es una cordillera aún casi sin visitar. Qué gozada encontrar lugares tan intocados como éste en el planeta, y si a esto le sumamos que vamos en busca de glaciares y hielos con cumbres nevadas en este mismo lugar, parece imposible de aceptar. Es la naturaleza en su estado más salvaje…

El día nos depara aún más sorpresas. Llegamos a otro pantanal casi peor que el primero, y más de lo mismo, sólo que esta vez los tukson son más altos, de metro y medio, y hay que subirse a ellos, hacer equilibrio porque se mueven en exceso con nuestro peso, tener cuidado de no caerte porque hay un lodazal debajo que te llegaría hasta la cintura, y así nos pasamos dos horas saltando de tukson en tukson, hasta que, claro, en alguno fallamos, y hasta la cintura de lodo.

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Para salir de estas pozas de lodo, te tiene que ayudar un compañero porque haces ventosa. Qué pesadilla saltar de planta en planta para no caer al lodo. Comentamos que menos mal que no nos llueve, porque si lo hiciera estaríamos atrapados en un pantano muy hostil. Nuestros amigos los porteadores quieren pasarlo rápido, pues dicen que si llueve lo hace a lo “bestia”, y en media hora se empieza a llenar el pantano con mucha más agua y habría que abandonar las cargas y salir pies en polvorosa para ponerte a salvo.

Nunca sabemos cuándo va a llover porque estamos todo el día sumergidos en una espesa, fría y húmeda niebla que cala hasta los huesos, y sólo de vez en cuando se retira para regresar a los cinco minutos. Ya no queremos más sorpresas, pero aún hay más: llegamos a un lago llamado Bujuku, y esto ya no es un lodazal, es un pantano de lodo líquido. Es la puntilla a un día durísimo, y hay que sumarle que estamos llegando a los 4.000 metros de altura y se nota en cada esfuerzo, nos falta una 40% del aire que respiramos respecto al nivel del mar, y el cuerpo sufre aún más, pues es imposible marcar un ritmo, todo es esfuerzo tras esfuerzo.

Ya llevamos muchas horas y estamos entumecidos de frío, empapados de lodo hasta la cabeza y tenemos que quitarnos ropa porque nos pesa de la mierda que arrastramos. Por fin se termina el lago, donde no hay vida por los 6 º de temperatura y la gran altitud, y a 20 minutos aparece nuestro campamento, una cabaña. Este lugar se llama campamento Bujuku, situado a 4.000 metros.

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Nos metemos rápidamente en el precario pero agradable cobertizo donde los porteadores hacen una hoguera y secamos la ropa. Estamos cansados, llenos de barro, pero al menos podemos secar la ropa. Después nos animamos a cantar y bailar con los amigos porteadores y ¡menuda juerga preparamos! ¡En cuestiones de hacer fiesta no nos gana nadie y ni siquiera nos detienen los pantanos de hierbas movedizas!

La temperatura desciende rápidamente en la puesta de sol, que nunca vemos porque siempre estamos sumergidos en la niebla, pero por la hora oscurece muy deprisa. En el Ecuador el amanecer, como la puesta del sol, son muy rápidas, sale el sol muy deprisa y a los veinte minutos de la puesta ya no se ve ni un “gazapo” Cenamos y nos metemos en el saco, es el único lugar donde podemos calentarnos. Mañana será otro día.

Amanece el mejor día de toda la expedición, así que la aprovechamos para ascender desde los 4.000 metros de este campamento hasta los 4.550 metros del siguiente y ultimo campamento, llamado Elena. Este será el campo base antes de la ascensión al Pico Margarita.