Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Inmersión sin jaula y otras emociones (I)

Hola amigos, ha llegado el día de la inmersión sin jaula. Me levanto pronto, pues he pasado muchos nervios sólo de pensarlo. Pero estoy mentalizado, aunque hasta el último minuto no sé si me tirare de la barca.
Calleja1_2

Aunque tenemos verdaderamente una contrariedad, porque la zona que habíamos solicitado para la inmersión sin jaula es donde estos días hemos visto al tiburón blanco, es sin duda el lugar donde más habitan. Pero las fuertes tormentas que nos han azotado han hecho que no pudiéramos bucear sin la jaula en los dos días que teníamos autorizados, y el Gobierno de Sudáfrica es muy estricto con los permisos, habiendo pedido un aplazamiento, del que llevamos esperando hasta hoy, sin ninguna noticia positiva. Definitivamente no podemos bucear en esta zona, y a 60 kilómetros alrededor tampoco, por lo que JP nos localiza otra zona especialmente prolífera en tiburones blancos.
Nos dirigimos a este lugar llamado ‘Hermanus’, un pintoresco pueblo, con un puerto pesquero pequeñito al estilo de los del Cantábrico, donde existen dos centros que se dedican a trabajos submarinos. En este lugar nos alquilan las botellas de aire, y les contamos que queremos bucear en un lugar cercano a la costa sin jaula para filmar cara a cara los tiburones blancos. La respuesta que nos da el director de este centro, es que si estamos locos, que es una inconsciencia, y que hace muy poco un tiburón blanco atacó a un buceador dejándolo gravemente herido, y otro desaparecido por el mismo motivo. La causa es que allí viven focas, y este es el alimento del tiburón blanco. Cuando le contamos nuestro plan se echa las manos a la cabeza.
Alquilamos una barca que luego se dirigirá a aguas más abiertas, y tirará el cebo en forma de sangre y pescados hacia el fondo del mar en un bidón agujereado. Después nosotros saltaremos de la barca en la zona del Kelp, llegaremos al fondo a unos 16 metros de profundidad, pues el Kelp nos protege del tiburón blanco al ser un bosque de algas no entra para no enredarse, luego nadaremos por el fondo en busca de ese cebo, y esperamos hasta encontrarnos con los tiburones cara a cara, siempre y cuando aparezcan. Será algo agónico, adrenalítico, y muy peligroso.
El tiburón blanco no tiene miedo a nadie, pues carece de depredador, y tenemos que vigilarnos las espaldas unos a otros para controlar al tiburón con la mirada y unas pértigas de dos metros para espantarlo, aunque cuando abra la boca y nos saque ese lío de dientes gigantes, a ver qué cuerpo se nos queda ahí abajo. Estaremos Karlos, María, Oscar, JP, y yo. Dependemos de nosotros mismos, y no habrá más ayuda que la nuestra y la de la barca que estará encima con un médico y todo lo necesario para suturar un hipotético ataque. No es una broma ni una exageración, es vital llevar un doctor experto en ataques de tiburones, el nuestro es un médico que ha estado en la guerra de Irak, y entiende mucho de heridas feas y profundas,  lleva todo lo necesario, incluida sangre por si somos atacados, pues el riesgo es muy elevado, él nos puede salvar la vida si esto se produce.
También es muy importante no salir nunca a la superficie si no estamos dentro de la protección del bosque de algas, pues el ataque preferido del tiburón blanco, se produce en superficie, por sorpresa y a gran velocidad de forma vertical desde el fondo a superficie, que es donde se encuentran las focas. Así es exactamente como nos atacaría casi con seguridad si aleteamos, agitamos y nos movemos nadando a superficie en la zona cebada por el pescado y la sangre.
Será una estrategia difícil y muy arriesgada en la que no puede fallar nada.
Sin más demora partimos al punto elegido frente a la costa. JP prepara el cebo a base de hígados, pescado y sangre, lo mete en un bidón agujereado, y lo tira al fondo. Es momento de espera en un mar inusualmente calmado, pero con un tremendo inconveniente que nos hace pensar mucho nuestra inmersión. El agua esta prácticamente verde, por la gran cantidad de plancton en suspensión provocado por las fuertes tormentas de los días pasados. ¡Solo tenemos tres metros de visibilidad!
Estas son las peores condiciones posibles, es de lo que siempre hemos hablado, sobre todo los expertos buzos, que no se puede intentar una inmersión sin jaula sin el mínimo de seguridad, pues el tiburón tampoco ve bien, y al notar vibraciones o la presencia cercana de algo, decide atacar, pues es la mejor defensa, y lo hace por sorpresa. Nosotros tenemos que estar alerta para mirarle a los ojos y colocar nuestras pértigas de defensa delante para que su morro choque contra el palo y no ataque. Pero para ello es necesario verlo, y hoy es imposible.
Se adueña de nosotros la incertidumbre y el pesimismo, pues es  nuestra última oportunidad, ya no hay mas días.
Esperamos en la barca a que el cebo surta su efecto, pero no podemos ver si el tiburón está o no ya en los alrededores, pues la visibilidad es tan mala que no vemos qué pasa hacia abajo. Hay que decidir qué hacemos. La lógica es la retirada, y más cuando estamos en el mismo lugar donde ya ha desaparecido un buzo atacado por el gran tiburón blanco, y cebado con sangre y pescado para atraerlos, pero ¡no sabemos si están, pues no les vemos!
Es terrible la situación, y la tensión generada. Hablamos de marcharnos y terminar con esta locura, pero en el último momento decidimos que nos sumergiremos en estas aguas verdes, y sin visibilidad. Lo haremos allí mismo, sin buscar la protección del bosque de algas de Kelp, pues al no ver nada nos resultaría muy difícil encontrar el punto donde tenemos el cebo. La cosa se está complicando mucho, y mi primera pregunta a mis compañeros: ¿Qué pasa con el mínimo de seguridad de los ocho metros?, ¿y lo de bajar al fondo metidos en el bosque de algas de Kelp?
Las repuestas son un silencio, pues no hay respuesta coherente, la decisión está tomada y sin mirarme, cada uno se prepara con todos los pertrechos de un submarinista, con la clara intención de que se van a tirar de la barca. No me queda alternativa: o me quedo, y tendré que aguantar luego “la coña” de mi “acojono”, o me tiro con ellos.