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Fin del lavado y centrifugado antártico (3 de 3)

Nosotros no podíamos hacer otra cosa que esperar tirados por el suelo del barco. Era más seguro que intentar sentarte o ir a la cama, pues salimos volando en más de una ocasión, con los consiguientes moratones. Era cierto que estábamos más seguros en el suelo, mientras todo volaba por encima: platos, utensilios, comida, mochilas, etc... Una batería del ordenador salió disparada a tanta velocidad que se quedó marcada la pared del camarote. Si me pilla la cara me la destroza. Cualquier cosa se convertía en un bólido peligroso que amenazaba con machacarte.
A REFUGIO EN LA PEQUEÑA BAHIA EN LA BASE DE LOS UCRANIANOS
Muy pocos se libraron del mareo, mejor dicho ninguno, y la mitad de nosotros vomitábamos como perros. Yo era prácticamente un surtidor. No os podéis imaginar lo que es estar completamente mareado, vomitando y que no se pueda parar nuestro pequeño velero para recuperarte, aunque fuera solo un poco. Me quede sorprendido cuando una vez que subí al puente y Roger el capitán y su ayudante también vomitaban como nosotros.
Así pasamos las 36 horas sin pegar ojo, y sufriendo de lo lindo, lo bueno que no podríamos darnos contra nada en mitad del mar, lo peor que el velero apenas avanzaba, pues la fuerza de las olas y el viento que venía de frente, no nos dejaba coger velocidad, apenas 5 nudos, lo justo para gobernar el velero. Sabíamos que estábamos solos en mitad de ese gélido, y oscuro mar, y nadie nos podría ayudar. Lo mejor no pensar y esperar, esperar, esperar…
AMARRANDO CON CUERDAS EL VELERO PARA AFRONTAR LA TORMENTA
Pasaron las 36 horas y el mar ahora era aceptable, habíamos salido de la tormenta como Roger predijo, y aunque ni mucho menos estaba calmado, al menos las olas eran de cinco metros y esto ya a estas alturas de expedición es tolerable para nosotros, aunque la sensación de mareo era continua. Volvimos a las guardias y a la monotonía angustiosa de la navegación en el Paso Drake, que como dicen los viejos marinos aquí ya no hay ley, ni siquiera la de Dios.
El día 27 avistamos tierra. ¡¡Era el Cabo de Hornos!! El continente Sudamericano estaba a la vista, y lo mejor de todo es que justo esta sección del Cabo de Hornos ha sido la más tranquila desde que empezó esta aventura.
Salimos del interior del velero a respirar aire fresco, un mar casi tranquilo, y lo que más nos llamaba la atención es que las formaciones rocosas del Cabo de Hornos estaban cubiertas de verde, un color que hacía un mes no veíamos. Al inicio de esta expedición el Cabo de Hornos nos pareció hostil dantesco y tenebroso, hoy nos parece casi una isla tropical, no hay hielos, está verde, y el mar sereno.
BAJANDO EL BOTE GOMA PARA ORIENTAR AL VELERO AUSTRALIS
En la proa del velero Australis gritamos de alegría, nos abrazamos, sacamos fotos, y celebramos estar todos bien después de las tormentas sufridas, en especial la que casi nos envía a pique en la Antártida, el día 17 de febrero del 2009, un día que nunca se nos olvidara.
Mis amigos argentinos, Emilio Valdés, María y yo nos despedimos de vosotros hasta dentro de poco donde empezaremos otra aventura, un nuevo Desafió Extremo, en otras latitudes, también muy frías. Nos vamos a Groelandia y por delante un espectacular Desafío Extremo, que como estos que ahora estamos filmando veréis muy pronto en Cuatro.
Jesús Calleja desde Cabo de Hornos