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Desembarco en la Isla Livinsgton (3 de 3)

El efecto es el siguiente: imaginaos que claváramos por ejemplo un mástil, y regresáramos aquí dentro de unos años. El mástil se convertiría en un gigantesco bloque de hielo muy grueso, y que especialmente de un lado y sobre todo en la punta podría generar una visera de al menos tres o cuatro metros sujetándose en un mágico equilibrio. Esto se consigue por la acción del fortísimos viento la precipitación en forma de nieve y las bajísimas temperaturas. Esto es lo que ocurre en estas montañas pero a una escala gigantesca. Es la gran diferencia respecto a otras montañas. Es un increíble merengue de viseras de nieve y hielo suspendidas en el aire como si desafiaran a la gravedad.
DESEMBARCANDO EN LA ISLA DE LIVINSTONG
A todo este paisaje fascinante le sumamos que posiblemente estemos en parajes nunca antes pisados por nadie en un lugar tan atractivo como este, la Antártida. ¡¡Esto es exploración en estado puro!!
Nos toca parar e instalar el primer campamento. El frío es intenso y nos obliga a pararnos comenzando a montar las tiendas, y construir un pequeño muro de nieve para protegernos contra los vientos. Pero montamos el campamento muy lentos es tal la magnitud del atardecer que no paramos de sacar fotos y filmar.
Al atardecer, como estamos finalizando la época de verano, entre comillas antártico, el sol empieza a inclinarse mucho, incluso hay unas tres horas y media de noche, algo que tan solo hace dos meses era imposible, pues había prácticamente 24 horas de sol.
Ahora esta exagerada inclinación alarga aun más las sombras en este atardecer. Son tan asombrosas que alcanzan los 20 metros de largo, esto ya te llama poderosamente la atención. Pero es que la puesta de sol fue simplemente apoteósica: nubes lenticulares de mil formas diferentes de colores entre el azul cobalto y el morado. El cielo parecía que se quemaba, y todas las montañas a nuestro alrededor eran merengues pero con formas ahora mas acentuadas y todo a nuestro alrededor teñido de los mismos colores que el cielo.
Teníamos la sensación de estar en otro planeta. Nos quedamos boquiabiertos de este exceso de belleza. Y nosotros estábamos en medio, acampados, saboreando hasta el último rayo de luz, sentados encima de nuestras mochilas, atontados, estábamos atontados...
La noche fue fría, y el amanecer aun más, por lo que esperamos hasta las 10 de la mañana para continuar nuestra travesía en esta fantástica isla de Livinsgton. Hoy caminaremos mas kilómetros que el día de ayer, y es muy importante que acertemos en el rumbo que tomaremos, y demos con los collados adecuados, un error supondría muchas horas para enmendarlo. Hoy será clave la orientación y hay que ir con mucho cuidado con las grietas, están casi todas tapadas con puentes de nieve, y aquí son gigantescas, alguna se podría tragar literalmente un edificio.
EMILIO VALDES Y JESUS CALLEJA
Amigos no os perdáis la próxima crónica, por delante un territorio helado lleno de gigantescas montañas, valles glaciares, collados y una ruta con muchas posibilidades para alcanzar nuestro objetivo: la base antártica española Juan Carlos I. ¿Qué cara se les quedará cuando parezcamos sin avisarles por esta ambiciosa ruta? Una ruta que a buen seguro creemos nunca realizada antes íntegramente y de este modo. A la base sólo han llegado por barco, y pretedemos darles una sorpresa.
Espero que lo consigamos, aunque en la Antártida nada es seguro. El tiempo atmosférico cambia con tanta rapidez que pasas del buen tiempo a vientos huracanados en 15 minutos, y donde las nieblas y nubes bajas imperan en el 90% de los días, y eso sí sería un gran problema para la orientación, en este “campo de minas” de miles de grietas.
Os espero, escribire en pocos días…
Jesús Calleja desde la Antártida