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Catedrales submarinas de hielo (1 de 2)

Hola amigos, hoy me resulta difícil describiros los buceos que hemos realizado desde la ultima crónica. La frase con que la describiría la experiencia es la de “catedrales submarinas de hielo”.
Los días de buen tiempo nos siguen acompañando y esto es vital para poder bucear en el Ártico. Necesitamos de la luz del sol para poder ver y orientarnos bajo el espeso hielo.
BUceando en el mar helado

Antes de bucear asistimos atónitos al despliegue de medios de nuestro amigo Thomas. Después de las dos canoas portátiles que nos han ayudado a fotografiar narvales, saca de una de esas cajas metálicas que traemos una barca hinchable con un motor eléctrico, que no hace ningún ruido, y de esta manera no espanta a los animales.
Buceando en las frisimas aguas del ártico

Emilio y yo nos hacemos con ella y nos resulta muy útil para filmar patos sumergiéndose como flechas. También pudimos filmar el descenso en picado de un narval a las profundidades, donde pueden alcanzar los 1000 metros y permanecer hasta 25 minutos sin respirar.
Pero no terminan ahí los “gadgets” de Thomas. Tiene de todo: estacas para nieve, estacas para hielo, estacas para ventiscas, tiendas de recambio, taladros eléctricos para reparar el trineo, taladro con saca-bocados para perforar el hielo, sierras de un metro para cortar hielo, coladeras gigantes para sacar hielo del mar, una mesa metálica que se convierte en cocina,… En fin, mogollón de cosas a las que no estoy acostumbrado.
Buscando una grierta para sumergirnos

Amanece un buen día y alojamos en los trineos todas  nuestras cosas de buceo: chalecos, botellas, reguladores, máscaras de sonido, trajes secos, aletas, plomos, computadores de buceo, cámaras submarinas, etc… Un auténtico despliegue.
Nos ponemos en marcha hacia el norte arrastrando los trineos con las motos de nieve y, después de un buen rato pilotando por un laberinto de hielos, alcanzamos una zona en la que hay verdaderos torreones de hielo varado en el borde de la banquisa ártica.
Emilio Valdes y Jesus Calleja con la moto de nieve sobre el mar helado

Nos asomamos y alcanzamos a ver un agua muy transparente donde descienden  icebergs en vertical. Los vemos a través de aguas de color turquesa. ¡Es perfecto para bucear!
Sólo hay un problema; está varado entre la plataforma de hielo y el resto del mar caótico con miles, millones de bloques de hielo, que se mueven caprichosamente a velocidades variables.
Tenemos un grieta de unos 50 metros de larga por 10 de ancha, pero se está cerrando lentamente.
Calculamos que nos da tiempo a ponernos los equipos y descender a ver ese extraño y mágico mundo bajo el hielo.
Jesus Calleja Emilio Valdes y un inuit buscando osos sobre un tempano con los prismaticos

Dicho y hecho, nos equipamos, con mucho estrés que nos acarrea algún que otro encontronazo entre nosotros: date prisa, que se cierra, qué lento eres, pásame la botella, ayúdame con la máscara, dónde has dejado los intercomunicadores submarinos, voces, prisas, nervios, y mientras tanto la grieta cerrándose…
Llega el momento de decidirse si lanzarnos o retirarnos. La grieta se sigue cerrando, aunque ha descendido la velocidad.
No lo pensamos más. Nos vamos para abajo.
Jesus Calleja entrando en las gelidas aguas
 
Esta vez llevo dos pares de guantes y se nota aunque, en cuanto me lanzo, siento un frío atroz. Se te queda el cuerpo atenazado, ya que en el agua todo se enfría cuatro veces mas rápido y se pierde calor en la misma proporción.
Meto la cabeza y me voy al abismo negro. Esta completamente negro, y hay más de 1000 metros de profundidad. Hay que saber controlar bien el descenso pues aquí es fácil irte al fondo muy deprisa, pero no hay que perder las referencias. Si no encuentro la grieta estoy muerto.
Jesus y Maria entrando en la grieta que luego se cerraria

Según descendemos ya nos hacemos una idea de la magnitud del hielo submarino que parece una obra de arte de formas caprichosas. Arriba sobresale un iceberg de apenas 3 metros de altura pero debajo, en este caso hay unos treinta metros de bloques de hielo apilados unos encima de los otros, con cuevas, pasadizos, una especie de “chupiteles”, y todo al revés, boca abajo. Amigos, qué espectáculo tan fascinante. Nos metíamos por cuevas submarinas de hielo que atraviesan el iceberg, nos dejábamos llevar por la belleza brutal de hielo y, por debajo de nosotros, el negro absoluto del abismo.