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Aislados en mitad del río

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Hola amigos. Os recuerdo que intento llegar al perdido valle del Zanskar caminando por un río helado. En mitad de la cordillera del Himalaya, se trata de un lugar a caballo entre India, Pakistán y el Tíbet.
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Ésta es la tercera crónica de lo sucedido:
Proseguimos nuestra marcha por este congelado río lleno de trampas, en el que las frágiles planchas de hielo crujen a cada paso, amenazando con romperse y arrastrarnos a las oscuras y gélidas aguas del río Zanskar.
Para mal de males no ha parado de nevar y el hielo está completamente tapado por una capa de nieve de 30 a 40 cm., lo que dificulta la visión de su estado. Tenemos que asegurarnos con cuerda para no pisar en falso.
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En fin, estamos sometidos a todo el rigor invernal del Himalaya: mucho frío, hielo, nieve… pero seguimos nuestra marcha. En la quinta jornada nos vimos detenidos por un obstáculo insalvable: el río, en un tramo determinado, no tenía hielo y por los laterales resultaba imposible salvarlo. Desolados, dimos la vuelta pensando que todo había terminado. Mis ilusiones por llegar al perdido Valle del Zanskar habían terminado.
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Pero un porteador nos sugirió remontar una ladera próxima. Así llegaríamos, después de mucho caminar, a una aldea: Nierak. Decidimos hacerle caso y seguir sus instrucciones.
En efecto, con las esperanzas casi perdidas tras ascender nevadas pendientes interminables y sin que apareciera ningún signo de vida, allí estaba, escondida en la cadena montañosa, una aldea que parecía un nacimiento navideño.
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Los habitantes salieron a recibirnos como si fuéramos extraterrestres, y no es para menos, durante meses, viven completamente aislados del mundo exterior debido a que los pasos de montaña quedan cerrados por las abundantes nevadas.
Y allí estábamos Emilio, los porteadores, Phuntsog y yo, asombrados por la belleza del lugar y por aquellas gentes que viven igual que en el siglo XV.
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Nos ayudaron en todo: nos dieron cobijo en sus bonitas casas tibetanas, probamos su “CHANG”, bebida alcohólica que nos animó a todos, comimos de su “STAMPA”, harina de cebada tostada, nos calentamos al fuego de sus estufas alimentadas con excrementos de Yak y jugamos con la prole de nuestro anfitrión.
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Ahora mi plan ha cambiado. Ya no puedo llegar a los valles bajos del Zanskar, pero no hay mal que por bien no venga. Las gentes de este lugar me dicen que, remontando los altos pasos de montaña, sí podemos ir a los pueblos del alto Zanskar y a su, digamos, capital: Lingset.
Sé que mañana nos espera una ruta muy difícil, dura, terriblemente gélida y que, como esta aldea desde la que escribo, ni siquiera aparece en los mapas. Pero también sé por experiencia que por muy mal que lo estemos pasando, hay que recordar el mantra ‘Oni-mane-padme-hom’, que significa que la flor más hermosa sólo nace en las aguas más putrefactas. 
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Permaneced atentos a mi siguiente crónica y así descubriréis si finalmente conseguimos éste Desafío Extremo.
Jesús Calleja, sin duda alguna, desde los más recónditos lugares del Himalaya.