31/01/2008
Por: cuatro
Hoy es 25 de enero y aquí estoy de nuevo a las teclas del ordenador, me he hecho con energía eléctrica y os puedo escribir.
El objetivo de ayer fue llegar hasta el pueblo de Chilling, donde terminaba esta aventura. Si todo salía bien llegaríamos a la aldea, nos alojaríamos al calor de alguna de sus casitas y al día siguiente estaríamos en la civilización, en Leh, capital del Ladakh.
El día transcurrió más o menos con normalidad hasta que llegamos a un cañón de paredes verticales, de fuerte corriente y aguas profundas, donde no había hielo. ¡No podía ser! Sólo estábamos a media jornada de llegar a Chilling, donde todo habría terminado felizmente.
No siendo capaces de pasar por el río, tenemos que escalar. Caminamos por peligrosísimas laderas, hacemos una huella lateral sobre la nieve, sorteamos rocas cubiertas de hielo hasta llegar a una pequeña repisa suspendida en el abismo y ahí nos quedamos. Estamos al límite y hemos llegado a un punto sin salida. ¿Qué hacemos? ¡Es imposible, hay que dar la vuelta!
Comenzamos a ascender de nuevo, yo resbalo repetidamente pero consigo alcanzar la repisa, después Phuntchok. Ahora tenemos que regresar con todos los porteadores por el peligrosísimo itinerario que nos trajo hasta este punto. Mi corazón casi se sale de tantos sustos de los portadores, resbalones, gritos, rápeles, hielo, frío, y sobre todo desconcierto sobre nuestro futuro. ¡Estamos atrapados por el río!
Encontramos una cueva y buena leña para pasar la noche. Los zanskaries corean un murmullo: un rezo para que el río se hiele. El más viejo de los porteadores explica que todos los años se produce este fenómeno inexplicable: cuando más frío hace el río se licua. El hielo se convierte en escarcha turquesa y después se vuelve agua y avanza. Yo lo llamo “el virus que come el hielo”.
Tras la noche nos encontramos de nuevo aguas abajo, con la ansiedad de si estará o no helado el tramo del río. Pero el río empieza a licuarse antes. ¿Cómo puede ser? Era cierto, “El virus del hielo” se mueve aguas arriba. No entiendo nada, esto es un asunto para Iker Jiménez de Cuarto Milenio.
Phuntchok se adelantan al punto en el que ayer no había nada de hielo, pero esta vez hay una fina capa y gritando de alegría nos comunican que la ruta está abierta.
Hay que pasar a todos los portadores. Tres franceses que habían iniciado la ruta deciden regresar. Con algún grupo de zanskaries camino de Leh, en total somos 62 personas. Phuntchok y yo ayudamos a todo el mundo y les damos indicaciones. Es un caos, todos quieren bajar a la vez. Hay voces por todos lados, gritos, desorden. Phuntchok se esfuerza en organizar este jaleo, pero es imposible, están asustados al ver que el río se rompe cada vez más. Los franceses resbalan y caen al agua. Necesitan quitarse la ropa urgentemente y secarse o sufrirán una hipotermia, congelaciones o parada cardiaca.
No siento los pies, Emilio tampoco, nos hemos mojado hasta la rodilla. Pero caminamos sistemáticamente, estamos al límite de la mínima temperatura que el cuerpo puede aguantar y a alguno le pasará factura.
Llegamos a Chilling y allí está el autobús. Poco a poco vuelve la calma y en tres horas estamos en Leh, en la civilización, desde donde os escribo al calor de una estufa.
Se ha corrido la voz de nuestras andanzas y todo el mundo agradece a Phuntchok su esfuerzo. Estamos sanos y salvos porque Phuntchok se comportó como un héroe, exponiendo su vida para salvar las de otros. Ahora le han venido a ver de la radio y la televisión local. Mañana le entrevistarán, él está orgulloso y yo más porque es mi mejor amigo.
Gracias a Dios y a los budas estamos todos vivos y sin congelaciones, hemos visto el Sangri-La, las tierras altas, remotas y misteriosas del alto y bajo Zanskar, conocimos al hijo de un rey y llegamos, sin duda, a uno de los lugares más aislados de todo el Himalaya.
Ha sido un viaje trepidante, peligroso, increíble, una de mis mejores aventuras.
Espero que os haya gustado. Yo he disfrutado mucho y aunque pasé mucho miedo, no cambiaría ni un segundo de esta vivencia.
El 30 de Enero estaré en España y pronto, muy pronto, el 1 de febrero comenzaré otro ‘Desafío Extremo’.
Os mantendré informados. Gracias a todos.
Jesús Calleja desde la indómita cordillera del Himalaya.
30/01/2008
Por: cuatro
Hola amigos, aquí estoy de nuevo, ¿pensabais que no volvería?
El 22 de enero fue el primer día que disfrutamos de lo lindo en el río.
Era como jugar a un extraño juego en el que sortear muchos obstáculos: unas veces por el margen izquierdo, otras por el derecho, ahora un poco arriba, después abajo o, con mucho cuidado, por una capa de hielo muy frágil. Si al final del día llegas a la casilla de llegada, has ganado y puedes continuar; pero si pierdes, es posible que no lo cuentes.
Ganamos y casi sin contratiempos llegamos a una cueva llamada “Hotom”.
Aquí las cuevas son muy pequeñas y tenemos que separarnos, los porteadores zanskaries en una y Phuntsog, Emilio, “Arguiñano” y yo en otra. Pronto nos damos cuenta de una cosa, la leña siempre la recogen los expertos porteadores zanskaries. Esta vez, tendremos que hacerlo Emilio, Phuntsog y yo si queremos pasar una noche digna.
Phuntsog va por libre y se encarama en una gran arbusto llamado “stukpa”, que es sin duda la mejor leña, la que más calor da y la que mas dura. Emilio y yo llevamos cuerda para traerla en fajos. Ya de vuelta, la juntamos toda y hacemos tal fogata que mi ropa se seca incluso a -20º C. Cenamos y a la cama. Bueno, mejor dicho, al suelo con la esterilla y un frío endiablado que hace que juntemos los cuerpos como enamorados.
El 23 de enero resultó otro día endiabladamente frío. Empieza el ritual: levántate deprisa, ponte el mogollón de capas de ropa, muy rápido calcetines y botas congeladas o no harás vida de los pies en todo el día, mete el saco en la funda, rellena los petates, desayuna, toma tres tazas de té hirviendo a ver si calientas. Me pongo el micro inalámbrico, estoy grabando un nuevo programa de “Desafío Extremo”, la cámara de fotos, la de vídeo. Tiemblo, tirito, sacudo los pies, hago molinillos con las manos para calentarlas. ¡Ya estoy listo! ¡No! Ahora tengo ganas de hacer de lo mío, sí, ya sabéis de lo gordo. Me quito la mochila, busco una piedra, me agacho, bajo no sé cuántas cremalleras, busco en lo más profundo de mí a ver dónde tengo los calzoncillos pues no sé ni cuántos refajos llevo, me los bajo y me autoprogramo para hacerlo todo en un minuto o todas mis partes nobles sufrirán más de lo soportable. Lo hago e intento recomponerme.
Salimos Emilio y yo. Como un autómata camino, camino y camino, hasta que de repente oímos un ruido estremecedor. Todos nos paramos, sabemos de que se trata, es una avalancha. ¿Por dónde viene? Ha habido suerte, es en la ladera opuesta, observamos en silencio como lo arrastra todo. Al principio es sólo nieve que se precipita, más tarde arranca piedras y rocas de gran tamaño hasta convertirse en un monstruo que lo devora todo y termina en el cauce de la garganta helada, justo en nuestra ruta.
Continuamos y en el camino uno de nuestros porteadores observa algo en mitad del río. Nos da la alarma y descubrimos a uno de esos antílopes, llamados Ibix, medio devorado por los leopardos de las nieves y con la mitad que queda incrustada en el hielo. Hasta aquí bien, sacamos fotos, lo filmamos y Emilio y yo continuamos pero nadie nos sigue, sacan los piolets y empiezan a picar el hielo. No comprendemos nada, después de media hora caminando siguen sin unirse a nosotros. Cuando aparecen, cantando y riendo, llevan el cadáver con ellos. Me dan arcadas, el pobre tiene las entrañas al aire.
Llegamos a una cueva y empieza la rutina de siempre, pero en vez de hacer el habitual corrillo junto al fuego, todos, menos Emilio y yo, entran en un frenesí de “Viernes 13” y se ponen a descongelar al “bicho”.
Comienzan a despedazarlo a golpes de hacha y ‘pioletazos’. Todo se llena de sangre y vísceras, las vísceras se las comerán hoy y la carne se la reparten. Yo protesto, les digo que el animal ha podido contraer una enfermedad y puede pasársela a ellos. Dicen que alguna de las avalanchas debió enganchar al Ibix y matarlo. Puede que tengan razón, pero ¡comerse un cadáver que ya se han comido otros animales me parece excesivo! Hoy ceno espagueti y ¡tienen carne! Phuntchok me dice que es de cabrito y que la compramos en Padun, le creo, pero sin que me vean la tiro a la hoguera, no puedo comer carne hoy.Llega la noche, a dormir en la cueva todos juntos como los cerditos.
Mañana será otro día.
Jesús Calleja, desde el Himalaya.
23/01/2008
Por: cuatro
Día 20 de Enero, ha llegado el momento de regresar y el tiempo no está nada estable. Si las tempestades nos pillan dentro del valle, es casi seguro que en mucho tiempo no podamos regresar por la única ruta posible: la que nos ha traído hasta aquí, la ruta helada del río Zanskar.
Comienza otra aventura: el regreso.
El día 20 es muy largo. Desde primera hora de la mañana caminamos sin parar, mirando continuamente hacia arriba para vigilar las laderas verticales, cargadas de nieve, que amenazan con provocar una avalancha. Estamos en tensión y al menor ruido, miramos hacia arriba por si viene “el recado”. Sólo hacemos una parada para comer y calentarnos. El viento, las bajas temperaturas y el trabajo extra de abrir huella en una pesada nieve, nos deja extenuados. Pero en nuestra cabeza solo está caminar, avanzar, caminar, avanzar.
No sabemos si parar a dormir antes de la primera gran dificultad (aquella en la que tuvimos que escalar por paredes heladas y caminar por trozos de hierro empotrados en la pared) y decidimos democráticamente continuar. Queda una hora para anochecer y llegamos al complicado paso. Para nuestra sorpresa, el río está congelado y pasamos sin contratiempo alguno por el hielo. Ahora hay que buscar una cueva muy rápido porque es de noche. Hace mucho frío, estamos agotados y Phuntchok se acerca detrás de unos promontorios de nieve recién caída y ve un rincón que podría servir. Es una concavidad natural formada por la erosión del río en la época estival. Nos vale, no hay otra cosa y ya no podemos más.
La noche será toledana. Estamos tiritando de frío, unos encima de otros ante un ridículo fuego. Cuando estaba entrando en calor, dentro del saco, un extraño y ronco ruido nos hace incorporarnos a todos. Una avalancha se nos viene encima. Casi nos entierra vivos. Por suerte ha quedado una parte de la “gatera” abierta. Finalmente, nos dormimos.
Día 21, seguimos caminado más deprisa de lo normal, hay tensión. ¿Qué pasa? Hoy sabremos si podremos pasar el punto del río que la otra vez nos bloqueó y nos hizo cruzar los altos pasos de montaña. Si esta vez nos impide el paso, regresaríamos de nuevo al valle del Zanskar y pasaríamos allí parte del invierno sin salida posible.
Caminamos sin cesar hasta que llegamos al arrollo helado por el que descendimos de los altos valles del Zanskar en nuestro agotador y peligroso rodeo de días anteriores. En este punto reponemos energías, nos harán falta dentro de un kilómetro en el paso clave de este retorno. Emilio decide darle duro al último chorizo de León que tenemos. Comemos más rápido que de costumbre pues la ansiedad para llegar al “paso” es irrefrenable. A los veinte minutos nos encontramos con el primer obstáculo: un borde de hielo de apenas treinta cm. de ancho, muy frágil, pero nos ayuda una pequeña avalancha de nieve caída recientemente. Me ato una cuerda a la cintura y armado de un piolet, voy esculpiendo escalones en la nieve compacta. Sigo avanzando paso a paso, nadie habla, pero todos me observan. De si lo consigo o no, depende que pasemos todos y evitemos el regreso al valle de Zanskar. Avanzo, ya sólo me quedan diez metros y creo que lo voy a conseguir. ¡Sí! un paso más y llego a una repisa de hielo mas ancha. ¡Ya está! ‘Kiki soso larguelo’, grito, ya sabéis, letanía zanskari después de una gran dificultad.
Después, montamos un pasamano de cuerda para asegurar el paso a los porteadores, mientras Emilio lo filma todo, jugándose a veces el bigote.
Nos queda la segunda dificultad a tan solo cien metros. Otro paso similar. Hay una lengua de hielo reciente que se mantiene relativamente sólida por las bajísimas temperaturas del día. Al final, el frío intenso es nuestro mejor aliado y pasamos sin contratiempos.
Estamos a salvo, todo parece indicar que no tendremos que regresar al valle del Zanskar a pasar parte del invierno. Media hora después estamos en la única cabaña que hay en toda la ruta del río helado. Encendemos una hoguera. Una última mirada al valle que está enfrente, aquel que nos llevó en la ida por los altos pasos de montaña, donde disfrutamos de un paisaje casi irreal donde creímos ver el Sangri-la.
Ahora tengo dificultad para escribir porque mis dedos están entumecidos del frío. Estoy dentro de la cabañita con Emilio, Phuntsog, nuestros amigos los porteadores zanskaries y un señor que ha bajado de la aldea de Nierak y que tiene aspecto de haber vivido tres vidas seguidas. Aquí estamos todos juntos: Emilio revisando sus equipos, “Arguiñano” con su cocina a keroseno y el viejo aldeano de Nierak pegado a mi ordenador. Seguro que es la primera vez que ve uno y el pobre no entiende nada.
Amigos, no echaremos las campanas al vuelo porque todavía queda mucha aventura. La viviremos con precaución, hasta llegar al final, donde el río Zanskar se une al río Indo.
En cuatro días os escribiré desde Leh, la capital del Ladakh (India). Así sabréis como término esta increíble, maravillosa y trepidante aventura.
Jesús Calleja desde un lugar remoto en mitad del Himalaya invernal.
22/01/2008
Por: cuatro
Día 18 de Enero del 2008. Por fin ha amanecido nevando poco y ha cesado el fortísimo viento que el día anterior nos imposibilitó nuestra partida al pueblo de Zangla. Hoy, nos pusimos en marcha hacia la aldea de Zangla. En condiciones normales, en tres horas y media hubiésemos llegado, pero la nieve nos hace caminar muy despacio y abrir huella resulta muy dificultoso. Nos turnamos en esa ingrata labor y avanzamos muy lentamente, pero sin pereza: es posible que cumpla uno de mis sueños de infancia, alcanzar “El reino del Zanskar”. Cuando leí el libro que lleva este título de Michael Peissel, uno de los pioneros que exploró los reinos ocultos del Himalaya, me pareció una de las mejores novelas de aventuras. Era una realidad y es posible que yo también la cumpla.
Después de unas cuantas horas divisamos Zangla en la ladera de una enorme montaña que parecía elevarse al infinito. Estábamos muy cerca de la aldea y nos dirigimos a la parte alta de la misma, a un pequeño monasterio ¡de monjas budistas! Llegamos cansados y muertos de frío, el viento vuelve a soplar con cierta intensidad. Nos recibe una amable monja, que a su vez nos presenta a otra muy risueña y encantadora que se encargará de nosotros. He pedido hospedería y comida y sé que, según la costumbre zanskarí, no pueden negarse. En efecto, casi al instante nos aloja en su humilde habitación de a penas cuatro metros cuadrados a Emilio, “Arguiñano”, Phuntsog y a mí.
Pero antes de acomodarnos por completo, bajamos al pueblo para comprar comida y combustible. Nos hacemos con todas las provisiones sin problemas, y mientras tanto, ya de noche, nos sale medio pueblo al encuentro, especialmente niños que juegan y se lo pasan bomba con mis payasadas. Me pongo a baliar y cantar y ellos me siguen a coro.
De vuelta al monasterio, llamamos a la puerta de la habitación de nuestra monja amiga, que se llama Lobsan, y nos recibe con su eterna sonrisa. No sólo nos ofrece todas sus pertenencias, sino que se queda a cocinarnos una deliciosa cena a base de chapati (pan al estilo indio) y sabrosas verduras. También nos deja su pequeña batería que carga con paneles solares para mi equipo satélite.
Al día siguiente me levanto muy pronto porque no puedo dormir más, me espera uno de los sueños de mi niñez: conocer al rey del Zanskar. Caminamos 20 minutos desde el pequeño monasterio y llegamos a una casa que nada tiene que ver con el resto. Es muy grande, con tres niveles y un torreón, ornamentos de madera bien trabajada en todas las ventanas, un patio de armas, sólida y de aspecto noble.
En efecto, estoy delante de la casa del “Gyalpo”, así se llama aquí al rey. Llamo cohibido a la puerta y me recibe un apuesto joven que resulta ser su hijo. Se presenta como el hijo del rey del Zangla, capital del Zanskar, y me hace saber que su padre, el rey, se llama Gyalses Nima Norboo Namgyal Ldey Kas. Es el rey de los cinco nombres y su hijo apostilla: ‘sólo un rey puede tener tres nombre y mi padre tiene cinco por su elevada nobleza’. Me quedo perplejo y si no fuera por su moderna indumentaria, pensaría que he retrocedido en el tiempo.
Le gusta nuestra presencia de extranjeros y me invita a pasar. La mala noticia es que el rey y la reina están en la capital del Ladakh, asistiendo a los sepelios de una persona muy importante de la política regional. Me da mucha pena no poder verlos en persona, pero me queda el consuelo de estar con el heredero de la corona zanskari.
Nos invita a tomar el té, después de enseñarnos el palacio de adobe y piedra. En la habitación del trono han gobernado varios antepasados, reyes en tiempos mejores. Ahora, con la llegada de la república a toda la India, ya no reinan a pesar de que todo el pueblo les sigue mirando y respetando como los reyes del Zanskar. En la actualidad son consejeros y ostentan cargos políticos que defienden a los zanskaries. Nadie duda de su nobleza y sobre todo de su influencia en el pasado, heredada a nuestros días.
En ese salón donde hablé largo rato con el heredero de la corona del Zanskar, había innumerables tesoros: pinturas en lienzos, llamadas “tankas”, de más de cuatrocientos años de antigüedad, utensilios de plata, “dorjes”, sedas, y un sin fin de “cosas de reyes”.
Tengo la sensación de estar viviendo el mejor cuento de aventuras: estoy en un remoto valle conversando en la habitación del trono con un futuro rey, en un lugar que casi no viene en los mapas y al que para llegar hay que pasar muchos peligros y penalidades. Son muy pocos los que en invierno consiguen alcanzar este paraíso escondido en el que el tiempo se ha detenido. De momento, seguimos siendo la única caravana de once personas que ha llegado hasta aquí por la peligrosa ruta helada del “chadar”, nombre con que se conoce a la garganta de las aguas gélidas del río Zanskar.
Al atardecer, regreso emocionado y aturdido de tantas emociones a lomo de un caballo que nos han prestado en Zangla para llegar, lo más pronto posible, de nuevo a Pidmo. Estamos a punto de volver a Leh por la misma que nos trajo aquí: ¡La ruta helada!
Si el río esta ahora mas congelado que al venir, será más fácil. Si no es así, tendremos que retomar nuestros pasos, atravesando de nuevo los altos pasos de montaña para salvar ese fatídico punto sin hielo, y eso si que sería una pesadilla.
Mañana empieza otra intensa aventura que os seguiré contando si dispongo de carga eléctrica en las baterías del equipo satélite.
¡Seguid atentos, amigos!
Jesús Calleja desde un lugar perdido en el tiempo en el que existen reyes medievales en el corazón inhóspito del Himalaya.
18/01/2008
Por: cuatro
Amigos, antes de deciros desde dónde os escribo, prefiero contaros cronológicamente lo que me ha pasado desde mi última crónica…
Como sabéis, cuando llegamos a Lingset, tuve la sensación de haber descubierto un mundo perdido de belleza inimaginable, en mitad de la cordillera del Himalaya. Pero mi primer objetivo era llegar al gran valle del Zanskar o, mejor dicho, a las tierras bajas del Zanskar. Ese espíritu de aventura que siempre me acompaña, me hizo continuar a pesar de las dificultades que sabía que me encontraría.
De esta manera, el 15 de enero del 2008 emprendimos el descenso desde los valles altos del Zanskar al río Zanskar. Esta vez por un sinuoso y estrecho valle en “V”, muy cerrado, que en algunos puntos sólo tenía cinco metros de anchura. He pasado mucho miedo y el miedo no me ha dejado disfrutar de la belleza del lugar. Las avalanchas eran continuas. Al cabo de unas horas, conseguimos alcanzar de nuevo la garganta gélida del río; fue agradable encontrarse con este viejo amigo que en invierno abre la única ruta al valle del Zanskar
Seguimos ruta sobre el río helado aguas arriba, con la esperanza de que en dos días alcanzaríamos el objetivo inicial. Nada nos haría sospechar que avanzada la tarde, nos ofrecería su cara mas cruenta bloqueándonos de nuevo. ¡No había hielo en un sector de apenas 200 metros! ¡Otra vez!
Con un disgusto terrible retrocedimos en busca de una cueva, finalmente decidimos dormir en una playa de arena muy pequeña e inclinada. Hacía un frió endiablado y estuvimos casi 4 horas adecentándola hasta conseguir una superficie de unos cinco metros cuadrados, en la que nos metimos los once. Unos picábamos la helada arena, otros buscaban leña, “Arguiñano”, nuestro cocinero, nos preparaba té para calentarnos, y poco a poco construimos un minúsculo, pero casi confortable, campamento.
A las siete de la mañana ya estábamos en pie y el más viejo y experto de los zanskaries, comentó que el intensísimo frío de la noche nos dejaría pasar. El tramo que ayer era sopa de hielo, hoy es un frágil pero sólido paso.
Estamos en marcha… el primer tramo lo pasamos casi de puntillas, mientras la finísima capa de hielo que se había formado durante noche crujía y se agrietaba: un paso más, ¡Ay! ¡Qué se rompe! ¡Qué ruge¡ ¡Qué miedo¡ ¡Parece que lo consigo! ¡Sí, he pasado! ¡Todos hemos pasado!
Luego llega un tramo sin nada de hielo y en la pared vertical vemos una especie de barras de hierro metidas a presión por las grietas de la roca. Éstas se elevan, hasta alcanzar una altura de 15 metros, pero en un punto desaparecen y solo se ve roca lisa, para aparecer las barras de hierro 20 metros mas adelante. Hablamos, nos miramos, silencio, dudas, caras de miedo. ¿Y ahora qué? ¿Quién va primero? ¿Quién quita la abundante nieve de la pared? Tomo la decisión de ser yo, pues no llevo tanto peso como los porteadores, tengo mejores botas y dispongo de conocimientos de escalada. Empiezo subiendo las escalas de las barras de hierro pero se me terminan y llega lo difícil. Dispongo de una cuerda y la punta de mi bastón y, poco a poco, voy ascendiendo por las grietas, limpiando la nieve y el hielo para poder posar las manos y los pies.
Es una travesía muy, muy peligrosa, puedo resbalar en cualquier momento. Tengo las pulsaciones a 200 y los zanskaries hacen gestos a cada movimiento que hago. No se cómo, pero consigo alcanzar la otra parte de las barras de hierro e inicio el descenso. He conseguido pasar. Phuntchok viene detrás asegurando con cuerda todo el tramo y establecemos una vía segura para los porteadores. Conseguimos pasar todos. Me quito el sombrero ante Emilio que ha estado encaramado en un difícil punto para gravar toda la secuencia. Así son éstos cámaras: ante una buena secuencia merece la pena el riesgo. ¡Gracias Emilio!
Ahora lo importante era llegar al pueblo de Pidmo lo antes posible o lo pasaríamos muy mal.
Caminamos durante otras seis horas más con visibilidad casi nula. Emilio y yo avanzamos delante para abrir huella, y quizás nuestro exceso de celo hizo que poco a poco nos alejáramos del grupo hasta separarnos más de una hora.
Vimos que la huella se dividía en dos y cogimos la senda buena, llegando a Pidmo, primer pueblo a la salida de la terrible garganta del Zanskar. Por cierto, somos los primeros que esta temporada realizamos la ruta del río helado.
Cuando llegaron todos los porteadores, nos dimos cita en una de las casas de los habitantes de Pidmo, el primer pueblo del valle del Zanskar, pero: ¿Y Phuntsog y Dorge? ¡Qué disgusto, qué desolación, qué angustia! Era noche cerrada, nevaba copiosamente, había ventisca y casi no se veía nada. Debíamos organizar el rescate. Rápidamente dispusimos de los dos mejores jinetes. Emilio, los portadores y yo esperamos angustiados en la cocina de nuestro anfitrión, pero los nervios me traicionaron y decidí pedirle a un zanskari que me acompañase, necesitaba hacer algo.
Standup y yo nos enfrentamos a la noche cerrada, armados con linternas. De repente, vimos luces. Nos preguntábamos quién sería. Descubrimos una caravana de zanskaries que venía de Zangla con intención de realizar la misma travesía que nos ha traído hasta aquí, pero que evidentemente abortan y esperaran a mejores condiciones climáticas antes de meterse en la ruta helada.
¡Sorpresa! En el grupo están los dos jinetes y también distingo a Phuntsog y “Arguiñano”. Juntos regresamos al pueblo de Pidmo sanos y salvos.
Ahora, día 17 de enero y ya anocheciendo, no ha parado de nevar ni un solo instante y la nieve llega a la cintura. Tengo que llegar a Zangla. Hoy lo hemos intentado pero la fortísima ventisca nos hizo dar la vuelta a la hora de partir. Quiero conocer a un rey que vive en esa aldea.
Os lo contare todo en la próxima crónica, que no sé cuándo será. Casi no tengo energía en mi ordenador y equipo satélite para contároslo desde tan remoto lugar. Si no sale el sol la comunicación será imposible.
Os seguiré informando desde el asilamiento obligado del Himalaya más remoto.
Jesús Calleja
15/01/2008
Por: cuatro
Hola amigos, os escribo desde lo que me parece el Sangri-La, que según la leyenda es una civilización perdida en algún remoto lugar del Himalaya.
Esa es la sensación que tengo en este increíble lugar desde el que os escribo: Lingset, una aldea situada a 4.000 metros de altitud y escondida en un pequeño valle blindado por gigantescas montañas nevadas, y cuyo borde principal cae verticalmente a la fría e inhóspita garganta del río Zanskar.
Esta aldea es tan remota que, para acceder a ella, mis amigos porteadores zanskaries, Emilio y yo hemos tenido que caminar durante cinco días por el peligroso cauce de este río helado. Durante tres jornadas más, ascendimos peligrosísimas laderas sin rastro de camino alguno, remontamos altos pasos de montaña que ni siquiera aparecen en los mapas, y seguimos una ruta en la que, más que ascender, parecía que levitábamos.
Los pasos eran tan estrechos que teníamos que pasar pegados a la pared y dar pasos de uno en uno lateralmente porque sólo nos cabía la anchura de un pie, el terreno estaba helado y la nieve nos cubría hasta las rodillas. Debajo de nosotros había un gran abismo, si cometíamos un solo fallo no habría salvación posible.
La ruta ha sido espectacular e increíble. Hemos ido completándola con mucho cuidado para no romper el frágil equilibrio de cada piedra, de cada risco y, sobre todo, para no resbalar por sus gélidas laderas. Y aun así, la furia de esta cordillera del Himalaya nos avisó enviándonos una fuerte avalancha que apareció de improvisto cayendo desde muchos metros de altitud y arrasando cuanto pillaba por delante. Nos dejó helados: todo sucedió cinco minutos después de nuestro paso.
Pero llegamos sanos y salvos a un lugar sorprendente: Lingset.
Al otro día hablé con la gente del lugar para que nos ayudara a encontrar el siguiente paso de montaña. Los zanskaries son gente muy amable y hospitalaria que no duda en ayudar. Se preparó una gran caravana y, el 14 de enero, emprendimos el ascenso.
Pero lo conseguimos y allí en la cima, al unísono gritamos al aire: KIKI-SOSO-LARGUELO, que significa “gracias a los budas por conseguirlo”.
Desde este collado empezamos el angustioso descenso a la otra vertiente, la ruta seguía cargada de nieve pero el paisaje fue poco a poco cambiando. Al asomarnos a un pequeño rellano, apareció con todo su esplendor el pequeño valle de Lingset. ¡SI! de verdad, era el Sangri-La, aquella aldea tan increíblemente hermosa no podía ser otra cosa.
Ahora me alojo en una de las casitas de esta aldea, donde se ve a sus gentes bien alimentadas, fuertes, esbeltas, y todas vestidas con sus “chubas”, curioso chaquetón que llega hasta los pies confeccionado con lana de yak.
Tengo que descansar y alimentarme bien, porque mañana empiezo una nueva aventura. Quiero descender de nuevo al río Zanskar por otro valle paralelo, e intentar completar su ruta helada para alcanzar los valles mas bajos del Zanskar, donde inicialmente estaba diseñada mi expedición.
¡Atentos porque prometo más aventuras y emociones desde el lugar más remoto del Himalaya en invierno!
Jesús Calleja desde el corazón salvaje e inhóspito del Himalaya.
14/01/2008
Por: cuatro
Hola amigos. Os recuerdo que intento llegar al perdido valle del Zanskar caminando por un río helado. En mitad de la cordillera del Himalaya, se trata de un lugar a caballo entre India, Pakistán y el Tíbet.
Ésta es la tercera crónica de lo sucedido:
Proseguimos nuestra marcha por este congelado río lleno de trampas, en el que las frágiles planchas de hielo crujen a cada paso, amenazando con romperse y arrastrarnos a las oscuras y gélidas aguas del río Zanskar.
Para mal de males no ha parado de nevar y el hielo está completamente tapado por una capa de nieve de 30 a 40 cm., lo que dificulta la visión de su estado. Tenemos que asegurarnos con cuerda para no pisar en falso.
En fin, estamos sometidos a todo el rigor invernal del Himalaya: mucho frío, hielo, nieve… pero seguimos nuestra marcha. En la quinta jornada nos vimos detenidos por un obstáculo insalvable: el río, en un tramo determinado, no tenía hielo y por los laterales resultaba imposible salvarlo. Desolados, dimos la vuelta pensando que todo había terminado. Mis ilusiones por llegar al perdido Valle del Zanskar habían terminado.
Pero un porteador nos sugirió remontar una ladera próxima. Así llegaríamos, después de mucho caminar, a una aldea: Nierak. Decidimos hacerle caso y seguir sus instrucciones.
En efecto, con las esperanzas casi perdidas tras ascender nevadas pendientes interminables y sin que apareciera ningún signo de vida, allí estaba, escondida en la cadena montañosa, una aldea que parecía un nacimiento navideño.
Los habitantes salieron a recibirnos como si fuéramos extraterrestres, y no es para menos, durante meses, viven completamente aislados del mundo exterior debido a que los pasos de montaña quedan cerrados por las abundantes nevadas.
Y allí estábamos Emilio, los porteadores, Phuntsog y yo, asombrados por la belleza del lugar y por aquellas gentes que viven igual que en el siglo XV.
Nos ayudaron en todo: nos dieron cobijo en sus bonitas casas tibetanas, probamos su “CHANG”, bebida alcohólica que nos animó a todos, comimos de su “STAMPA”, harina de cebada tostada, nos calentamos al fuego de sus estufas alimentadas con excrementos de Yak y jugamos con la prole de nuestro anfitrión.
Ahora mi plan ha cambiado. Ya no puedo llegar a los valles bajos del Zanskar, pero no hay mal que por bien no venga. Las gentes de este lugar me dicen que, remontando los altos pasos de montaña, sí podemos ir a los pueblos del alto Zanskar y a su, digamos, capital: Lingset.
Sé que mañana nos espera una ruta muy difícil, dura, terriblemente gélida y que, como esta aldea desde la que escribo, ni siquiera aparece en los mapas. Pero también sé por experiencia que por muy mal que lo estemos pasando, hay que recordar el mantra ‘Oni-mane-padme-hom’, que significa que la flor más hermosa sólo nace en las aguas más putrefactas.
Permaneced atentos a mi siguiente crónica y así descubriréis si finalmente conseguimos éste Desafío Extremo.
Jesús Calleja, sin duda alguna, desde los más recónditos lugares del Himalaya.
11/01/2008
Por: cuatro
Hola amigos, os escribo desde, posiblemente, uno de los lugares mas aislados del planeta.
Estoy en mitad de la cordillera del Himalaya en pleno invierno, sometido a unas nevadas brutales y a temperaturas a las que resulta imposible adaptarse.
Este año, el primer grupo que se ha adentrado en el río helado del que os hablé en mi anterior crónica es el mío. Nos hemos metido en el río el día 5 de enero y os diré que enviar estas crónicas se convierte en una tarea casi imposible. Su cauce discurre por una angosta garganta de paredes verticales en la que no entra ni un rayo de sol ni, menos aún, las ondas del satélite. Hoy estoy en la mitad del río y, ya que la técnica lo permite, he aprovechado para compartir con vosotros nuestras aventuras de Desafio Extremo.
Como decía, y contra toda lógica, el día 5 entramos los primeros en el río. No estaba congelado del todo y los lugareños desaconsejaban iniciar la temida travesía.
Finalmente, decidimos emprender la aventura. Sólo disponemos del mes de enero y se nos echaba el tiempo encima. Como el río no cumple las condiciones idóneas, hemos tenido que escalar acantilados y encaramarnos a los laterales verticales para sortear pasajes sin hielo. Afortunadamente, a medida que avanzábamos, el río estaba más congelado y nos daba una mayor seguridad. Ahora, tras cuatro días nevando, nos encontramos con que la nieve nos dificulta la visión del hielo.
Aún nos queda por recorrer la mitad de esta garganta helada y rezo a todos los budas para que deje de nevar y no nos quedemos aislados irremediablemente en este remoto lugar del Himalaya profundo. Necesitamos tres días más y que mejoren mucho las condiciones climáticas para decir que estamos salvados. Tenemos que llegar al corazón del Valle del Zanskar, habitado por estas gentes de origen tibetano que viven completamente aisladas.
Tengo ganas de llegar para conocerlas, visitar sus misteriosos monasterios con monjes que, según dicen, tienen poderes y descubrir paisajes únicos. Pero, sobre todo, quiero sentir las sensaciones de estar viviendo una aventura increíble en pleno siglo XXI.
Estad atentos, os seguiré informando.
Jesús Calleja, desde el interior más recóndito del Himalaya.
09/01/2008
Por: cuatro
Hola amigos; os escribo desde el noroeste de India, exactamente desde un pueblo llamado Leh, capital del valle del Ladakh, a tan sólo 100 Km de Pakistán y 60 Km del Tíbet ocupado por los chinos.
En este remoto lugar situado en el centro de la cordillera del Himalaya, existe en la actualidad un conflicto armado entre India y Pakistán librando una batalla desde hace muchos años por la disputa de un glaciar llamado Siachen, con puestos de combate a casi 7.000 metros de altitud, una auténtica locura sin razón. Aunque bien es cierto que en los últimos años están las cosas tranquilas.
Aquí se encuentra uno de los pueblos mas aislados de la cordillera del Himalaya y quizás del mundo: Los zanskaries.
Habitan en un valle en el corazón de la cordillera del Himalaya, y durante los meses de invierno están totalmente aislados y sólo se puede acceder a ellos a través de un río muy bravo. En invierno se congela y se convierte, salvando innumerables obstáculos, en la única vía de comunicación y mercadería con el valle vecino del Ladakh.
Este está siendo mi Desafío Extremo ahora mismo; quiero conseguir llegar a este remoto lugar a través de esta ruta llena de trampas y peligros, a temperaturas nocturnas de entre -30 y -40 grados bajo cero, y estar durante varios días completamente aislado sin pueblos ni habitantes en las gargantas gélidas por las que discurre este caudaloso río.
En verano baja con un gran caudal, recogido de los glaciares del Himalaya, y es imposible de transitar, pero que en invierno, debido a esas temperaturas bajo cero se hiela y se convierte en la única vía de acceso para las 3.000 personas que habitan al otro lado del valle. Son las personas rudas y fuertes, adaptadas a la hostilidad de los rigores invernales del Himalaya. De este lugar se oyen muchas leyendas de yetis, fenómenos mágicos y una cultura que ha sabido desarrollarse al margen de la evolución occidental.
Allí el tiempo se ha detenido, y me esperan muchas sorpresas; monasterios ubicados en lo alto de riscos, lamas con sus rituales mágicos, montañas sin nombres, y sobre todo un mundo de hielo y de un frío atroz.
Quiero realizar esta expedición como lo hacen los zanskaries, los únicos que se enfrentan al río helado y las gargantas blindadas de muros de roca donde nunca llega el sol, es decir: sin tienda de campaña, durmiendo en cuevas o al raso, sabiendo que me esperan temperaturas de entre -30 a -40ºC. El cámara y amigo Emilio Valdés y yo tendremos que buscar leña para calentarnos, y sólo nos ayudará por un grupo de zanskaries que nos acompañan para portear el equipo. Será una experiencia inigualable.
Estar atentos a las siguientes crónicas que intentaré enviar con el equipo satélite si las ondas consiguen traspasar los muros de roca que se desploman verticalmente sobre la garganta del río helado.
Desde el gélido invierno en el corazón del Himalaya, Jesús Calleja.
Jesús Calleja nació en León y su profesión es la aventura. Ha viajado por todos los rincones del planeta. Practica el alpinismo y participa en los rallys más duros del mundo. Jesús Calleja os acercará a través de este blog a sus viajes, aventuras y anécdotas en su Desafío extremo por los cinco continentes
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