02/09/2011
A partir del lunes, a las doce y media, diremos: "Hola, bienvenidos a Las Mañanas de Cuatro". Aquí, las cosas claras.
Por: Marta Fernández
Marta Fernández vuelve a las Mañanas de Cuatro
30/05/2011
"Allá va mi decálogo sentimental"
Por: cuatro
Dicen que para conocer a alguien hay que conocer su casa. Quizá basta con saber lo que salvaría de ella. Allá va mi decálogo sentimental…
- Inteligencia. Un poema manuscrito que Guillermo Carnero tuvo la generosidad de enviarme primorosamente empaquetado porque yo -sin ni siquiera conocerle- tuve la cara de pedírselo.
- La primera edición de mi libro favorito.
- Mi ordenador o lo que es lo mismo mi memoria (mis correos, mis fotos, mis escritos, mis amigos)
- Mi mundo. Para no olvidar nunca los lugares a los que quiero escaparme.
- Otro cuaderno rojo.
- El bolígrafo de la suerte.
- Un foto de mi madre el día que me dio a luz.
- Una foto de mi padre y sus hermanos reflejados en un espejo.
- Unas flores que alguien me regaló el día que comenzó el programa.
- Swakopmund.
P.S.- Ya podéis mandar la foto de las diez cosas que salvaríais a www.cuatro.com/10cosas
23/05/2011
Por: cuatro
Se dejaba caer todos los días sobre el mismo banco a la sombra de los ladrillos. Los funcionarios de la ONU buscaban su lugar en el enjambre y él miraba. Las ardillas hacían desaparecer los restos de sándwich sobre la arena y un japonés comía solo y callado sin tirar nada. Él permanecía indolente, tendido en el banco con sus absurdas botas de vaquero trasnochadas. Una elección equivocada para los cuarenta grados de aquel agosto implacable. Cruzaba las piernas como si esperaba a un niño en su regazo y miraba. Solo miraba.
Podía tener mil años y haberlo visto ya todo. Pero él miraba como si jamás hubiera visto nada. Lo hacía con la obstinación de quien quiere guardarse los detalles. Con la curiosidad de quien descubre una historia en cada gesto. Miraba, miraba y miraba. Y yo hubiera dado cualquier cosa por imaginar lo que él imaginaba.
Un día descubrí que llevaba un cuaderno. Un cuaderno rojo con el que jugaban las ardillas. Jamás escribía. Jamás lo miraba. Llegaba al banco, siempre el mismo en la esquina noroeste del jardín. El único desde donde se podía ver todo: la elegante caja de vidrio donde la ciudad dejaba de ser la ciudad para ser el mundo, los hombre trajeados hablando en mil idiomas, la calle por la que corrían las mujeres con tacones, la tienda donde compraban la comida los chicos rubios con ordenadores portátiles, la pareja de orientales tímidos deseándose sin decírselo, los niños que jugaban, la abuela que no faltaba a la cita diaria del paseo con su perro, aquella morena solitaria. Él simplemente encendía un cigarro y miraba. Allí estaba su pequeño teatro cotidiano, su acuario sin agua.
Un día se fue y se dejó su cuaderno olvidado. Solo tenía escritas unas palabras: "Why should things be easy to understand?" T.P. Guardé el cuaderno para devolvérselo al día siguiente. Pero jamás volví a verle. El día que me largué de la ciudad, regresé al parque y me despedí de todo dejando en su banco el cuaderno con su letra desgarbada.
P.S.- Si aún tuviera el cuaderno sería sin duda una de las cosas que salvaría para http://the-burning-house.com Os proponemos que vosotros también fotografiéis lo que os llevarías de vuestra casa si ardiera. Nosotros ya lo hemos hecho. Prometemos revelar el secreto el viernes con Boris Izaguirre en Las Mañanas de Cuatro.
08/04/2011
Por: cuatro
02/03/2011
Por: Marta Fernández
El bolígrafo rasguea el papel con un sonido que solo puede venir del pasado. Se recrea en las volutas redondas de las letras, en las mayúsculas sinuosas, en la rectitud perfecta de los renglones. En el silencio solo se escucha la larga fricativa de la bola contra la hoja. Nada de repiqueteo de teclado.
Escribo sobre un cuaderno con la aplicación de un escolar porque hay que ahorrar energía. No tengo acelerador del que levantar el pie… Y por eso decido colocar el blog a la velocidad del pasado.
A mano las frases me salen más cortas. Las palabras no caen con la alegre inercia con la que se dibujan sobre la pantalla. Lo párrafos se vuelven engañosos: parecen largos, pero mecanografiados parecerán cortos. Temo que las frases caligrafiadas puedan dejar de parecer hermosas al pasar el filtro de la arial. Y me pregunto si escribimos distinto cuando empuñamos la pluma y cuando bailamos sobre el teclado. Y me pregunto si a Cervantes le habría salido otro Quijote si sus andanzas hubieran pasado por una Underwood.
Hay en Nueva York un lugar mágico. Una mansión donde un millonario con un síndrome de Diógenes muy refinado guardaba los fetiches de su vida. De libros a partituras. Pierpont Morgan era un coleccionista voraz. Un depredador del pasado que atesoraba la letra de sus mitos literarios como si fueran reliquias sagradas: la caligrafía elegante de Wilde, el galimatías indescifrable de los originales de Balzac, las aristas imposibles de Lord Byron. Hoy se puede ver en una de las plantas superiores de la Biblioteca Morgan. Una sala donde la luz es tan tenue que parece recordarnos que en otro tiempo solo las velas nos alumbraban.
Hoy a mi sólo me ilumina un foco y escribo a mano. Pero es una farsa. De un momento a otro abriré el ordenador, mecanografiaré este texto con la pericia con la que solo mecanografían las chicas de barrio y lo lanzaré al hiperespacio.
Y encenderé una vela en recuerdo de los escritores que no conocieron los teclados.
Aquí, en esta casa virtual, en este blog, nos daremos un respiro después de nuestras largas mañanas. En 'Al final de la mañana', Marta Fernández os contará lo que no se ha visto, os pondrá la cara B de nuestro disco y todos bailaremos la misma música pero con otra letra...Miraremos al otro lado del decorado para ver lo que nunca ven las cámaras.
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