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'Black Mirror', la amezana del futuro que viene

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros llevase injertado un disco duro que fuera grabando todos los acontecimientos de nuestra vida? ¿¿Qué tipo de personas seríamos si el único fin de nuestra existencia fuera participar en un reality show?, ¿o quedarnos mirando idiotizados lo más morboso de la televisión? ¿Podríamos realmente mirarnos al espejo?. Esa es la cuestión que plantea la trilogía ‘Black Mirror’, un virtuoso ejercicio de progresión aritmética que refleja la imparable y devoradora evolución de las nuevas tecnologías de la comunicación y su influencia en lo que, en un futuro próximo, pudiera quedar de humano en las relaciones humanas.

Por Celia Molina
De la televisión a youtube, a las decargas, a twitter, a las princesas 'Facebook'. A vivir en una habitación virtual, con ventanas virtuales y tu propio avatar. A acumular millones de puntos irreales -como si fuesen billetes- para cumplir el destino de todos los mayores de edad: poder triunfar en un reality show. De la felicidad de la ignorancia al más terrible de los inventos sociológicos: un disco duro injertado en el cuello donde poder grabar cada segundo de nuestra rutina, como si ésta fuera un programa a la carta que se pudiera ver, rebobinar y examinar durante las 24 horas del día.
Ésta es la amenaza de la que nos habla el director de ‘Black Mirror’: la malvada tecnología, una nueva bruja brujísima que deja por los suelos a las peores maléficas imaginables. Olvídemonos de Cruela, Medusa o de la arpía del Este,  porque ahora ha llegado a nuestro presente y futuro más inmediato una dama astuta y cruel, disfrazada de cordera y protagonista de un cuento que para Charlie Brooker consta de tres capítulos:
Capítulo 1: El himno nacional
Érase una vez un reino llamado Inglaterra. Este reino está gobernado por una bonita princesa llamada Susannah y un Primer Ministro elegido democráticamente por su pueblo. La vida transcurre en paz y aparente armonía hasta que un día un hombre oscuro y con banda ancha lleva a cabo un experimento sociológico para medir la incidencia de las nuevas formas de comunicación del siglo XXI. Con la ayuda de las traidoras redes sociales, el hombre malo secuestra a la princesa y difunde en youtube las condiciones de su rescate: sólo la liberará si el Primer Ministro aparece en televisión manteniendo relaciones sexuales con un cerdo.
El pueblo entonces se levanta en armas: todos sacan su smartphone, ponen la tele, se conectan a facebook, lo comentan en twitter. Y esperan pacientemente a ver qué ocurre. ¿Será capaz de hacerlo el ministro? Y si lo hiciera, ¿serían ellos capaces de verlo?.¿Cederían al morbo o ignorarían el escandaloso mensaje como un signo de respeto a su gobernador? Ahí es dónde radica el juego: si todos apagaran la televisión, conseguirían boicotear el terrible plan del secuestrador, obsesionado con demostrar que la gente de hoy en día ha perdido por completo su capacidad reflexiva, alelada por un maremoto de comentarios, vídeos, tweets y fotografías subidas al momento con el Instagram. Pero, seamos serios, a estas alturas, ¿alguien podría resistir a la tentación?...
Capítulo 2: 15 millones de méritos
Érase una vez un mundo que no es real en el que no existen valores reales. Jóvenes completamente vacíos y temerosos viven en habitaciones con paredes digitales en las que ven amaneceres virtuales y al mirarse en el espejo, su avatar. Tienen una única misión en la vida: volverse cada día más estúpidos. Y si consiguen sumar en su marcador hasta quince millones de estupideces- como jugar a videojuegos, ver películas porno o adelgazar-, podrán canjearlas por una oportunidad para cumplir su gran ilusión vital: participar en un reality show. Y triunfar. Y ser una estrella de la televisión.
Entre estos jóvenes perdidos, hay uno que tiene ganas de cambiar. Los dueños del programa le apartaron de su amada, a quien robaron para siempre su dulzura convirtiéndola en puta, y eso le ha hecho reaccionar. Ha entendido que el sistema le está idiotizando para que no pueda pensar por sí mismo, y ya no lo quiere permitir más. Y, espada en mano, se planta delante del jurado para denunciar que la juventud está totalmente aletargada. El joven grita y grita con fuerza, pero nadie le escucha porque seamos serios, a estas alturas, ¿puede un solo chico enfrentarse a la voracidad del avance de la realidad virtual a la que  nos vemos abocados? …
Capítulo 3: Toda tu historia
Érase una vez un mundo en el que no existe la palabra intimidad. Todos los hombres y mujeres llevan detrás de la oreja un disco duro injertado al que llamaban ‘grano’. Ese grano graba todos lo que les pasa en el día y puede proyectar su contenido en cualquier pantalla de televisión. Por eso, el mundo está lleno de pantallas, las hay en todos lados: en la casas, en los bares, en los taxis, en el hospital. La memoria humana está al alcance del momento.
Es un invento muy útil porque si no te acuerdas de algo puedes recurrir a ese momento del día para recuperar el recuerdo olvidado. Cosas comunes como dónde he puesto las llaves, a qué hora llegué a casa anoche o cuánto dinero cogí del cajón.
También sirve para tener siempre la razón. Si discutes con tu mujer sobre no me digas que no has dicho lo que te estoy diciendo que has dicho, puedes rebobinar la película del grano y ver en vivo y en directo cuáles fueron exactamente sus palabras. Por lo que es un objeto muy preciado para acordarse de lo que a uno le conviene recordar pero, ¿qué pasa con lo que queremos olvidar?, ¿con lo que sería mejor que olvidáramos o que no queremos que sepan los demás?, ¿qué pasa con los secretos?, ¿con nuestra pequeña parcela de intimidad?. En el futuro inventado pero verosímil que plantea ‘Black Mirror’ la hemos perdido. Y con ella, la identidad. Así que, seamos serios, y demos al botón de la marcha atrás.