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Adela Úcar: “¿Quién quiere una tumba de oro?”

El oro es el metal precioso más buscado de la historia. Símbolo de opulencia y de nobleza desde el principio de los tiempos, este elemento químico es hoy un objeto codiciado en nuestra sociedad, una sociedad dividida en este caso entre los que lo buscan arriesgando su vida y los que lo venden para intentar escapar de la crisis.

Perú es el sexto productor mundial de oro y el primero de Latinoamérica, con 150 toneladas extraídas en 2011. Mientras en el resto del mundo, incluida España, los yacimientos auríferos están prácticamente agotados, en el país andino la extracción del oro es una actividad floreciente que en 2010 reportó al país más de 7.000 millones de dólares y que ha dado lugar a una economía sumergida formada por buscadores de oro artesanales, personas que intentan extraer el metal al margen de la ley en situaciones de extrema inseguridad.
¿Cómo es la vida de las personas que arriesgan su vida para encontrar oro? Adela Úcar quiere saberlo y por ello ha buscado el preciado metal durante 21 días en Perú. Para ello, la periodista convivió con familias de mineros que se adentran cada día en la profundidad de la montaña en busca de un sueño: encontrar una veta de oro que les saque de la miseria y les haga ricos. Para la periodista ha sido un reportaje especialmente duro. “Esta montaña es el lugar más inhóspito en el que he estado nunca”, revela ante la cámara.
Ha abordado la historia de Faustino y  Fermina, que desde hace años, viven y trabajan en Santa Filomena, un poblado minero ubicado en una cima aislada, inhóspita y desértica de Los Andes peruanos. La fiebre del oro ha llevado hasta allí a 4.000 personas dispuestas a soportar condiciones de vida muy duras, sin agua ni infraestructuras básicas. Como le cuenta Faustino a Adela, nadie viviría allí si no hubiera oro. A estas condiciones extremas hay que sumar la dureza de la mina y los graves riesgos que entraña para la salud.
De hecho, un metal tan contaminante como el mercurio se utiliza indiscriminadamente y sin ninguna protección en el proceso de amalgamiento del oro. Allí se toca con las manos, se respira y se filtra en la tierra sobre la que habitan. Aunque saben que es nocivo, los buscadores de oro anteponen el valor de este preciado metal a su propia vida.
Fermina y Faustino se la juegan cada día, lo saben y lo aceptan sin reparos. Todo porque su único objetivo es que sus tres hijos puedan estudiar para que, como confiesa Faustino, “no sean como nosotros, para que sean algo el día de mañana”.
Esa es también la lucha de Lucía, una mujer fuerte, a la que la vida ha jugado malas pasadas y la ha empujado a este paraje inhóspito. No hay futuro en la ciudad ni probabilidad de salir adelante. En estas montañas la vida es dura, pero poder encontrar oro es su pequeña parcela de esperanza. Adela trabajó con ella, con el riesgo que pasa arriba y dentro de las montañas, con las interminables horas de caminatas con piedras cargadas al hombro.
Así ha podido comprobar la gran paradoja en la que viven todas las familias de mineros: la mina les puede matar, pero también es su único salvavidas.